14 de febrero 2026
Memoria SAN CIRILO, Monje y SAN METODIO, Obispo
Del santo Evangelio según san Marcos: 8, 1-10
En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos”.
Sus discípulos le respondieron: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?”. Él les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?”. Ellos contestaron: “Siete”.
Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran. Tenían además unos cuantos pescados; Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran.
La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta.
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
HOMILÍA
«Me da lástima esta gente…»
No es una frase estratégica ni un cálculo pastoral. Es una confesión del corazón de Jesús. “Me da lástima esta gente…”. Antes del milagro está la mirada. Antes del pan está la compasión. Antes de la solución está el dolor que se deja sentir.
Jesús no actúa porque “deba” hacerlo, sino porque se le conmueven las entrañas. En el lenguaje bíblico, esa lástima no es superficial: es el mismo estremecimiento del padre que ve volver al hijo pródigo, la misma compasión del buen samaritano. Dios no administra desde lejos; se deja afectar.
Y nosotros también vivimos con hambre. No solo hambre de pan, sino hambre de descanso, de reconocimiento, de paz en casa, de diálogo en la pareja, de fuerzas para seguir cuidando, de esperanza cuando la enfermedad se instala, de comunidad cuando la fe se vuelve solitaria.
El texto dice algo que necesitamos escuchar: llevaban tres días con Él. No es entusiasmo pasajero; es perseverancia, es cansancio acumulado. Nosotros también llevamos tiempo sosteniendo situaciones difíciles, rezando sin sentir nada, intentando mantener la paciencia. Y a veces creemos que Dios no se da cuenta.
Pero Jesús sí sabe cuánto llevamos caminando. Sabe quién vino de lejos. No todos estamos igual de cansados, ni cargamos la misma historia. Y no estamos invisibles.
Cuando los discípulos responden: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado?”, hablan desde la lógica que conocemos bien: no alcanza, no se puede, no hay recursos. Es la lógica del despoblado. Jesús no los reprende; les hace otra pregunta: “¿Cuántos panes tienen?”.
No pregunta qué falta, sino qué hay. Nosotros miramos lo que no tenemos: falta tiempo, paciencia, salud, dinero. Jesús nos obliga a mirar distinto: ¿qué tienes?
Siete panes. En la Biblia, siete es número de plenitud. En el despoblado, siete panes parecen poco. Pero cuando lo poco se entrega, se vuelve totalidad.
Jesús manda a la gente que se siente en el suelo. No comen dispersos; se sientan juntos. El milagro ocurre en comunidad. La fe no madura en aislamiento. El hambre no se sacia en privado.
Toma los panes, da gracias, los parte y los entrega. Es el mismo gesto de la Última Cena: tomar, agradecer, partir y dar. El pan pasa por manos humanas. Jesús lo da a los discípulos y ellos lo distribuyen. El Reino pasa por nuestras manos.
Eso da vértigo, pero también dignidad. No somos espectadores del milagro; somos mediación. ¿Dónde hoy estamos llamados a distribuir pan? Tal vez no pan físico, pero sí tiempo, escucha, paciencia, reconciliación, presencia.
La gente comió hasta quedar satisfecha. No apenas sobrevivieron: quedaron satisfechos. Y aún sobraron siete canastos. La sobreabundancia no viene de la acumulación, sino de la entrega.
Guardamos lo poco porque creemos que no alcanza. Guardamos el tiempo, la ternura, el perdón. Y en ese intento de conservar, nos empobrecemos. Jesús no multiplica lo que se esconde; multiplica lo que se comparte.
También nosotros podemos desmayarnos en el camino. Jesús no quiere que nadie camine solo. Por eso la escena es comunitaria. Por eso el pan se parte. Por eso sobran canastos.
Tal vez hoy el gesto concreto no sea espectacular. Tal vez sea volver a la comunidad, invitar a alguien a la mesa, pedir ayuda en lugar de fingir autosuficiencia, ofrecer nuestro “poco” a la vida de Iglesia.
No basta reconocer que hay hambre. Hay que sentarse juntos. No basta decir que confiamos. Hay que poner los panes en manos de Jesús.
Y cuando lo hacemos, aunque sea con miedo, algo se multiplica. No siempre como imaginamos, pero siempre como necesitamos.
Oración
Señor Jesús, muchas veces vivimos desde la escasez. Miramos lo que falta y olvidamos lo que tenemos. Tú ves nuestro cansancio, sabes cuánto llevamos caminando y cuándo podemos desmayarnos.
Enséñanos a poner en tus manos nuestros siete panes: lo poco que somos y lo poco que tenemos. Enséñanos a sentarnos juntos, a no vivir la fe en solitario, a compartir la mesa y a dejarnos ayudar.
Que no enviemos a nadie con hambre cuando podemos compartir. Que no nos encerremos en el “no alcanza”. Que aprendamos a confiar.
Y cuando el camino sea largo, recuérdanos que a Ti te importa que no nos desmayemos. Que tu compasión nos sostenga, que tu Eucaristía nos una y que tu Reino crezca en nuestra mesa cotidiana y en nuestra comunidad.
Amén.
Atte: Tú Hermano en Cristo,
Pbro. David García
