La Palabra en Nuestra Historia

LUNES V SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

9 de febrero. Lunes Feria

Del santo Evangelio según san Marcos: 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron el lago y llegaron a Genesaret. Al desembarcar, la gente lo reconoció inmediatamente. Se pusieron a recorrer toda aquella región y comenzaron a llevar a los enfermos en camillas a dondequiera que oían decir que él estaba.

En cualquier pueblo o ciudad o campo donde entraba, colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que lo tocaban quedaban curados.

Palabra del Señor.

R. Gloria a ti, Señor Jesús.

HOMILÍA

«La gente lo reconoció inmediatamente…»

Jesús llega a Genesaret. No llega a un templo ni a un lugar preparado: llega a la orilla. Ese borde donde la vida es tal cual —manos con sal, ojos con sueño, gente que viene de trabajar y todavía tiene que seguir—. La orilla es donde amarramos la barca y también donde amarramos el día: lo que salió bien, lo que salió mal, lo que pesa, lo que no sabemos resolver.

Y apenas desembarca, pasa algo decisivo: la gente lo reconoce. No porque tengan todas las respuestas ni una fe perfectamente ordenada, sino porque la esperanza tiene memoria. Hay encuentros que dejan marca. Una presencia verdadera se reconoce como se reconoce un hogar: no por teoría, sino por alivio.

Reconocer a Jesús no es un acto intelectual: es un movimiento del corazón. Ese “es Él” que nace cuando algo profundo se despierta. Y hay un detalle que nos salva: Jesús no solo está ahí para que lo vean; Él también llega reconociendo. Reconoce rostros apurados, miradas cansadas, cuerpos que ya no pueden más. Reconoce a los que llegan por sí mismos y a los que llegan cargados por otros. Nos reconoce a nosotros tal como estamos hoy.

Lo reconocen porque lo necesitan. Porque el dolor no espera. Porque la vida, a veces, se vuelve demasiado pesada para cargarla solos. Entonces ocurre algo profundamente humano: empiezan a llevar a los enfermos. No vienen solos; los traen otros. El Evangelio no romantiza la fe: la muestra como es. Muchas veces la fe empieza siendo prestada.

Los traen en brazos, en paciencia, en noches en vela, en el silencio de quien no sabe qué decir pero sigue estando. Nosotros conocemos esas camillas: son de tiempo, de trámites, de cuidados repetidos. Son la camilla del que ama sin garantías. Un padre que no sabe cómo ayudar pero no se va. Una madre que sigue de pie en medio del dolor. Un amigo que escucha siempre la misma herida. Eso también es Evangelio.

Jesús ve todo eso. Ve al que sufre y ve al que carga. La gente no organiza nada: simplemente lleva la vida herida allí donde está Jesús. Y Él no se ofende ni pone condiciones. El texto dice: “En cualquier pueblo, ciudad o campo…”. No hay lugares excluidos ni historias demasiado rotas. Dios se deja encontrar en lo ordinario, en el lugar donde vivimos de verdad.

Los enfermos son puestos en las plazas, el lugar de todos. El dolor no se esconde: se pone en medio. Y la gente no pide discursos ni explicaciones; pide algo mínimo: “que nos deje tocar siquiera el borde de su manto”. No piden controlar: piden agarrarse. No piden un plan completo: piden contacto.

Tocar el manto es decir sin palabras: no puedo más, pero confío; no entiendo todo, pero me acerco. Jesús no sana a distancia: se deja tocar. Se deja alcanzar por manos temblorosas y fe frágil. A veces no tenemos palabras; solo podemos acercarnos como podemos. Y eso ya es fe.

El texto termina con una frase inmensa: “Y todos los que lo tocaban quedaban curados.” No dice los perfectos, ni los que sabían rezar bien: dice los que lo tocaban. El Evangelio no promete una vida sin dolor, pero sí promete algo esencial: Jesús no se deja tocar en vano. Tal vez no siempre sane como esperamos, pero siempre devuelve dignidad, cercanía y humanidad.

Esta Palabra nos alcanza hoy a los que necesitan ser llevados porque ya no pueden solos, y a los que están cargando a otros aunque estén cansados. A unos y a otros Jesús nos ve. Y si Él nos ve, nuestra vida no es invisible. El cuidado no es perdido. La pequeña fidelidad de cada día es terreno santo.

Tal vez hoy no podamos hacer grandes gestos. Tal vez solo podamos acercarnos un poco y poner la vida herida en la plaza, sin esconderla. Eso basta. Porque donde Jesús está, la vida —de algún modo— encuentra alivio.

Oración

Señor Jesús, hoy nos reconocemos en esa gente que corre a buscarte, no porque lo tenga todo claro, sino porque te necesita. Gracias porque nos ves llegar antes de que sepamos decir nada.

Venimos con nuestras heridas y con las heridas de quienes amamos. A veces somos los enfermos en la camilla; a veces los que cargan. Y muchas veces estamos cansados en ambos lugares. Gracias porque no pides explicaciones y te dejas tocar en lo pequeño y en lo frágil.

Hoy queremos acercarnos como podamos. No dejar solos a los que no pueden más. Saber cargar sin endurecernos. Saber pedir ayuda sin vergüenza. Poner la vida herida delante de Ti sin maquillarla.

Y cuando no podamos decir mucho, déjanos tocarte, aunque sea el borde de tu manto. Porque sabemos que, cuando nos miras y te dejamos entrar, algo en nosotros empieza a sanar.

Amén.

Atte, Tú Hermano en Cristo,

Pbro. David García