La Palabra en Nuestra Historia

Categoría: TIEMPO ORDINARIO

  • VIERNES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

    VIERNES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

    13 de febrero 2026

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 31-37

    En aquel tiempo, Jesús volvió a salir de la región de Tiro y, pasando por Sidón, llegó al mar de Galilea, atravesando la región de la Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le rogaban que le impusiera las manos.

    Jesús lo apartó de la gente, a solas; le metió los dedos en los oídos y, con saliva, le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effetá”, que quiere decir “Ábrete”.

    Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la lengua y empezó a hablar correctamente. Jesús les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo proclamaban. Todos estaban asombrados y decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Effetá… Ábrete»

    Hay palabras en el Evangelio que no son largas, pero atraviesan la vida. Effetá. Ábrete. Jesús la pronuncia después de apartar a un hombre sordo y tartamudo, después de tocarle los oídos y la lengua, después de mirar al cielo y suspirar. No es un milagro hecho desde lejos ni una orden fría; es un gesto cercano, corporal, casi íntimo.

    El hombre no llega solo. “Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo…”. Otra vez alguien carga a otro. Otra vez la fe empieza siendo prestada. Alguien insistió por él, alguien creyó por él, alguien no se resignó a que su vida quedara cerrada. Y Jesús no ignora eso.

    Este hombre vive en una doble frontera: no oye con claridad y no logra expresar lo que lleva dentro. Está atrapado entre el ruido y el silencio. Y si lo pensamos despacio, eso nos toca más de lo que creemos. No somos sordos físicamente, pero muchas veces no escuchamos de verdad. Escuchamos información, opiniones, quejas, audios interminables, pero no escuchamos el corazón del otro.

    No escuchamos el cansancio detrás del enojo, la tristeza detrás del silencio, el miedo detrás de la dureza. Y también nos pasa lo otro: queremos decir algo, pero sale mal, enredado, torpe o herido. Guardamos lo que necesitamos expresar y explotamos por lo acumulado. Vivimos a medias: sin oír bien y sin hablar claro.

    Jesús no hace el milagro delante de todos. “Lo apartó de la gente, a solas”. Ese detalle es profundamente revelador. No expone la fragilidad ni convierte el dolor en espectáculo. Lo lleva fuera del ruido. Lo mira sin público. Dios trabaja en lo íntimo. No sana desde el aplauso, sino desde el encuentro personal.

    Jesús le mete los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Es un gesto fuerte y concreto. No salva a distancia; se involucra. En la Biblia, el contacto comunica vida. Dios forma al hombre con sus manos; no crea desde lejos, modela. Jesús hace lo mismo.

    En el rito del Bautismo, todavía hoy, se tocan los oídos y la boca y se pronuncia esta misma palabra: Effetá. La Iglesia conserva ese gesto porque entiende que no basta con recibir el agua. Necesitamos oídos abiertos para escuchar a Dios y una lengua suelta para proclamarlo. Es misión, no solo recuerdo.

    Jesús mira al cielo y suspira. No es cansancio; es compasión. Se deja afectar por la limitación humana. Cuando nos mira, no lo hace con impaciencia, sino con misericordia. Y entonces dice: Ábrete.

    No le da una técnica de comunicación ni le pide esfuerzo. Le dice: Ábrete. Como si la raíz del problema fuera también interior. Muchas veces lo que nos mantiene cerrados no es incapacidad, sino miedo. Nos cerramos cuando nos decepcionan, cuando nos hieren, cuando sentimos que nuestras palabras no cambian nada.

    El padre que ya no explica, solo ordena. La madre que ya no comparte lo que siente, solo resuelve. La pareja que dejó de decir lo que duele. El hijo que se encierra. El hermano que no llama. No es maldad; es defensa. Y esa defensa protege, pero también aísla.

    Jesús no condena ese cierre; lo toca. Abrirse da miedo. Implica volver a escuchar lo que duele y decir lo que evitamos. Implica reconocer que necesitamos ayuda. El texto dice que al momento se le abrieron los oídos y se le soltó la lengua y empezó a hablar correctamente. Hablar correctamente no es hablar mucho; es hablar con claridad.

    Muchos conflictos no nacen de mala intención, sino de palabras mal dichas, silencios acumulados y conversaciones postergadas. Cuando la gente dice: “Todo lo ha hecho bien”, reconoce algo más que un milagro: ve el Reino en marcha. El Reino empieza cuando alguien vuelve a escuchar y a hablar con verdad.

    Podemos preguntarnos con honestidad: ¿Dónde estamos cerrados? ¿A quién ya no intentamos comprender? ¿Dónde nuestra palabra se volvió dura? ¿Qué conversación seguimos postergando?

    Jesús no grita; nos aparta a solas. Tal vez hoy nos está tomando aparte y pronunciando sobre nuestra historia concreta: Effetá. Ábrete a escuchar mejor. Ábrete a decir lo que de verdad sientes. Ábrete a Dios, que hace tiempo intenta hablarte.

    No todo cambia de golpe ni mágicamente, pero cambia de verdad. El hombre del Evangelio no se abrió solo; se dejó tocar. Y eso es esperanza. No todo depende de nuestra fuerza. Jesús sigue tocando lo que no oímos, sigue tocando lo que no decimos, sigue pronunciando sobre nuestra vida: Ábrete.

    Y cuando nos dejamos abrir, aunque sea un poco, algo empieza a hablar mejor dentro de nosotros. Entonces, aun en medio de lo imperfecto, podemos reconocer que Él sigue obrando. El Reino crece en lo pequeño: en un oído que vuelve a escuchar, en una palabra que vuelve a salir con verdad, en un corazón que se deja tocar.

    Oración

    Señor Jesús, muchas veces vivimos cerrados sin darnos cuenta: cerrados al diálogo, al perdón, a escuchar y a decir lo que sentimos. No porque no queramos amar, sino porque tenemos miedo.

    Tócanos como tocaste a aquel hombre. Llévanos a solas, míranos sin juicio y pronuncia también sobre nuestra vida: Effetá.

    Abre nuestros oídos para escuchar de verdad. Abre nuestra lengua para hablar con claridad y ternura. Abre nuestro corazón para no vivir a la defensiva.

    Que no nos acostumbremos al silencio que separa ni normalicemos la dureza. Y que, poco a poco, nuestra vida pueda decir también: Todo lo ha hecho bien.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • JUEVES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    JUEVES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    12 de febrero 2026

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 24-30

    En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quería que nadie lo supiera, pero no pudo pasar inadvertido.

    Enseguida una mujer, cuya hija estaba poseída por un espíritu inmundo, oyó hablar de él, fue a buscarlo y se postró a sus pies. La mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara al demonio de su hija.

    Jesús le respondió: “Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella le replicó: “Señor, también los perritos, debajo de la mesa, se comen las migajas que tiran los hijos”.

    Entonces Jesús le dijo: “Por lo que has dicho, puedes irte tranquila: el demonio ha salido de tu hija”. La mujer se fue a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y al demonio ya salido.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «No pudo pasar inadvertido»

    Jesús sale de Genesaret y se va a la región de Tiro. No es solo un desplazamiento geográfico; es un movimiento interior y espiritual. Sale de lo conocido, de un ambiente religioso donde su presencia era esperada, y entra en una región pagana, extranjera, incómoda. No va a predicar a una plaza ni a convocar multitudes. Entra en una casa. Y el Evangelio dice algo revelador: no quería que nadie lo supiera.

    Jesús busca silencio, descanso, anonimato. Y sin embargo, no pudo pasar inadvertido. Hay algo en Él que se filtra incluso cuando no se muestra. Una presencia que atraviesa fronteras, cansancios y prejuicios. Jesús no se impone, pero tampoco puede esconderse cuando hay dolor real.

    Y aquí empieza un Evangelio que también habla de nosotros. Muchos sabemos lo que es querer pasar inadvertidos: cumplir, sostener, seguir adelante sin llamar la atención; que nadie note el cansancio ni vea la herida. Cerramos la puerta de casa y seguimos funcionando. Pero hay dolores que no pueden pasar inadvertidos, y hay amores tan grandes que no se resignan.

    Así aparece la mujer. El texto es sobrio, pero la escena es intensa: una madre cuya hija está poseída por un espíritu inmundo. No es una preocupación abstracta; es su niña. No sabemos cuánto tiempo lleva así, cuántas noches sin dormir, cuántas puertas tocadas. Sabemos algo esencial: oyó hablar de Jesús. La fe muchas veces comienza así, como un rumor, un “dicen que…”. Y eso le basta.

    Va a buscarlo, cruza una frontera cultural y religiosa, entra en una casa que no es la suya y se postra a sus pies. En la Biblia, postrarse no es humillarse, sino reconocer que el otro tiene vida para dar. Es poner el cuerpo donde ya no alcanzan las palabras. La mujer no exige derechos; ruega.

    La respuesta de Jesús siempre nos incomoda: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Es una imagen dura, cargada de la historia de la salvación: Israel es el pueblo elegido y la misión comienza allí. Hay un orden, un camino, un tiempo.

    Pero aquí ocurre algo decisivo: la mujer no se va. No se ofende ni se endurece. Responde desde el amor herido, pero lúcido: “También los perritos, debajo de la mesa, se comen las migajas que tiran los hijos”. No reclama el centro; confía en la abundancia. Cree que una migaja basta.

    En la Biblia, las migajas no son restos inútiles, sino signo de que la mesa es abundante. Esta mujer cree que con un poco de misericordia la vida puede cambiar. ¿Cuántas veces nosotros rezamos así? No pidiendo grandes cosas, sino diciendo: “Señor, si hoy puedo sostener esto… si hoy atravieso el día… si hoy no pierdo la paciencia…”.

    Migajas. Pequeños alivios. Esperanzas mínimas. Y Jesús escucha eso. Dice: “Por lo que has dicho, puedes irte tranquila”. No dice “por lo que mereces”, sino “por lo que has dicho”, porque lo que sale del corazón revela una fe viva.

    La mujer vuelve a casa. No hay espectáculo ni aplausos. Encuentra a la niña acostada en la cama y al demonio ya salido. Vida restaurada en una casa. Y ahí el Evangelio se vuelve profundamente cotidiano.

    Muchos milagros no son públicos; son domésticos. Una conversación que no explota. Una recaída que no ocurrió. Un hijo que sonríe. Una noche que se pudo dormir. Y nosotros estamos ahí.

    A veces somos esa mujer: cuando acompañamos una adicción, una enfermedad, una herida que no elegimos. Cuando el amor exige más de lo que tenemos. Y otras veces somos Jesús sin darnos cuenta: cuando entramos cansados a casa y alguien nos busca. Un hijo, una pareja, un amigo. Y no podemos pasar inadvertidos, porque nuestra presencia importa más de lo que creemos.

    Este Evangelio nos deja preguntas concretas: ¿de quién no podemos pasar inadvertidos hoy? ¿Para quién nuestra presencia, aunque cansada, sigue siendo pan? ¿Y dónde necesitamos nosotros una migaja de Dios para seguir?

    No grandes promesas, solo una migaja hoy. La buena noticia es que Jesús entra en casas donde no quería llamar la atención y aun así se deja encontrar. No clasifica dolores ni mide pertenencias. Se deja tocar por la fe que insiste.

    Esa fe no es heroica; es real y cotidiana. Es de padres, madres, cuidadores, personas cansadas que no se rinden. Eso es Reino: una vida que, aun herida, sigue buscando pan.

    Oración

    Señor Jesús, muchas veces entramos a casa cansados, queriendo pasar inadvertidos, con ganas de silencio. Y sin embargo, hay vidas que nos buscan y amores que no se resignan.

    Hoy venimos a Ti como esa mujer, con lo que somos y con lo que nos duele. No venimos a exigir, sino a confiar, aunque sea por una migaja.

    Mira nuestras casas, nuestras familias, a quienes amamos y a quienes nos cuesta amar. Danos hoy el pan que necesitamos, no para ser héroes, sino para seguir.

    Y si no podemos cambiarlo todo, que al menos nuestra presencia no pase inadvertida para quien nos necesita.

    Amén.

    Atte: Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • MIÉRCOLES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    MIÉRCOLES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    11 de febrero 2026

    NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

    Memoria

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 14-23

    En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”.

    Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. Él les dijo: “¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después sale del cuerpo?”. Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.

    Luego agregó: “Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Lo que sale de dentro es lo que mancha al hombre»

    Jesús dice esta frase en un momento muy concreto. No está discutiendo con gente lejana ni hablando con personas sin fe. Está hablando con gente que escucha, que practica, que quiere entender cómo vivir bien. Sin necesidad de forzar nada, nos habla a nosotros.

    Jesús reúne a la gente y dice algo que descoloca, porque no va por donde solemos mirar: “Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”. Nosotros estamos acostumbrados a vigilar lo que entra: palabras, influencias, peligros externos. Cuidamos lo que comemos, lo que miramos, lo que dejamos pasar. Y no está mal. Pero Jesús corre el eje.

    No niega que lo externo influya. Dice algo más hondo, más incómodo y al mismo tiempo más liberador: el verdadero campo de batalla no está fuera, está dentro. Y ahí comienza un Evangelio que no acusa, pero tampoco nos deja tranquilos, porque mirar hacia dentro requiere valentía y nadie puede hacerlo por nosotros.

    Cuando Jesús habla del corazón, no habla solo de sentimientos. En la Biblia, el corazón es el centro de la persona: el lugar de las decisiones profundas, donde se gestan las intenciones, donde se mezclan deseos, miedos, heridas y cansancios. Ahí se forma lo que después aparece en gestos, palabras y silencios. Cuando Jesús dice “lo que sale del corazón”, habla de lo que dejamos crecer dentro sin revisarlo.

    No se refiere solo a grandes pecados. Habla de procesos interiores, dinámicas pequeñas, cosas que parecen normales o justificables pero que, si no se miran, terminan gobernando la vida. Y esto toca de lleno nuestra experiencia cotidiana.

    Muchos no vivimos haciendo el mal deliberadamente; vivimos cansados, exigidos, con días que no dan tregua. Y desde ese cansancio empiezan a salir cosas. No porque seamos malos, sino porque algo por dentro está saturado. Empieza a salir la irritación constante, la dureza en el trato, la ironía que hiere, el juicio rápido, la indiferencia frente al dolor ajeno.

    Empieza a salir la desconfianza, el encerrarnos, el “ya no me importa”, el vivir a la defensiva como si amar siempre implicara perder. Y muchas veces no lo notamos, porque seguimos funcionando. Pero el corazón se va endureciendo lentamente.

    Jesús enumera estas cosas no para asustar, sino para despertar. Porque lo que no se nombra gobierna, y lo que se mira con verdad puede sanarse. El Evangelio aclara algo decisivo: cuando Jesús dice que nada externo mancha al hombre, declara limpios todos los alimentos. Es una ruptura profunda. Durante siglos se creyó que agradar a Dios pasaba por evitar impurezas rituales. Jesús dice: Dios mira el corazón. Eso cambia todo.

    La fe deja de ser una lista de controles y se vuelve un camino de verdad interior. Ya no se trata de tranquilizar la conciencia, sino de convertirla. Y esto baja directo a la vida concreta: podemos cuidar las formas y descuidar el trato, defender principios y perder ternura, tener razón y lastimar, cumplir con todo y dejar de amar bien.

    Pasa en casa, en el trabajo, en la pareja, en la comunidad, en la Iglesia. Cuando el cansancio se vuelve enojo, dureza, resentimiento silencioso. Nada de eso nos hace malas personas. Nos hace personas que necesitan que el corazón sea cuidado.

    Jesús no dice: “controlen mejor”. Dice algo más humano: miren qué está saliendo de ustedes. Porque lo que sale habla de lo que pasa dentro. Y aquí aparece una esperanza enorme: si lo que sale puede manchar, también puede sanar.

    Del mismo corazón pueden salir paciencia, compasión, la palabra justa, el gesto que repara, la decisión de pedir perdón, el volver a empezar. El corazón no es solo fuente de mal; es fuente de vida. Jesús no viene a condenarlo: viene a recuperarlo.

    No es casual que este Evangelio se escuche en la memoria de Lourdes. Allí, María invita a volver a lo simple: a la verdad, a la oración sincera, a la conversión del corazón. Lourdes es un lugar donde la gente se anima a tocar su herida y ponerla delante de Dios sin maquillaje. Eso es lo que Jesús hace hoy con nosotros.

    Nos llama aparte y nos explica con paciencia: no todo lo que duele viene de fuera; hay cosas que necesitan sanarse desde dentro. La pregunta que queda no acusa, acompaña: ¿qué está saliendo de nuestro corazón últimamente? No para juzgarnos, sino para cuidarnos.

    ¿Qué tono usamos con los que amamos? ¿Qué palabras repetimos cuando estamos cansados? ¿Qué durezas justificamos? Porque ahí, justamente ahí, Dios quiere trabajar. Y eso es esperanza. No estamos atrapados en lo que somos hoy. El corazón puede transformarse, lentamente, pero de verdad.

    Esta Palabra no pide gestos espectaculares. Pide uno muy real: escuchar lo que está saliendo de nosotros esta semana y llevarlo a la oración. No para castigarnos, sino para sanar. Porque cuando el corazón se deja mirar, Dios ya está obrando.

    Oración

    Señor Jesús, hoy no nos miras desde fuera; nos miras por dentro. No para condenar lo que somos, sino para cuidar lo que está brotando de nuestro corazón.

    Sabemos que muchas veces no sale lo mejor: sale el cansancio, la dureza, el miedo, la bronca acumulada. No porque no queramos amar, sino porque estamos agotados.

    Ven a nuestro corazón. Enséñanos a mirarlo contigo, a escuchar lo que está saliendo, a dejarnos sanar desde dentro. Que de nosotros vuelva a salir vida: palabras que cuidan, gestos que reparan, decisiones que construyen.

    Y aunque el camino sea lento, que sepamos que Tú sigues obrando. Porque cuando el corazón se abre, aunque sea un poco, tu Reino ya empieza a crecer.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • MARTES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    MARTES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    10 de febrero 2026

    SANTA ESCOLÁSTICA, virgen

    Memoria

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 1-13

    En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, lo criticaron. (Los fariseos y los judíos en general no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; y al volver del mercado no comen sin haberse lavado antes. Y observan muchas otras tradiciones, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

    Entonces los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de nuestros mayores y comen con las manos impuras?” Él les respondió: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos! Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

    Y añadió: “De veras que son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte. Pero ustedes dicen: Si uno dice a su padre o a su madre: ‘Todo aquello con que yo podría ayudarte es corbán’ (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede ayudar a su padre o a su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí»

    Jesús no dice esta frase a gente alejada. No se la dice a paganos ni a indiferentes. Se la dice a personas religiosas, practicantes, que se esfuerzan por hacer las cosas bien, que conocen normas, tradiciones y gestos correctos. Por eso este Evangelio es incómodo y, al mismo tiempo, tan cercano.

    No habla de ausencia de fe; habla de una fe que sigue en pie, pero con el corazón cada vez más lejos. No habla de dejar de creer, sino de creer sin involucrarse demasiado. No habla de romper con Dios, sino de mantenerlo a distancia para que no desordene la vida.

    Se acercan a Jesús fariseos y escribas. No vienen a aprender; vienen a observar. Vienen con la regla en la mano, con la conciencia tranquila, convencidos de que sabrán detectar si algo no está como debería. Y lo que ven no es un escándalo: ven algo mínimo, manos sin lavar. Un detalle pequeño, pero suficiente para activar la crítica y reafirmarse por dentro: “Nosotros sí hacemos lo correcto”.

    “¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición?” No preguntan por el amor, ni por la vida, ni por las personas. Preguntan por la forma correcta, por el procedimiento, por lo que tranquiliza la conciencia.

    Jesús no discute la higiene ni se queda en la superficie. Va al fondo: el problema no son las manos, el problema es el lugar del corazón. Por eso cita a Isaías y deja ver lo que no siempre queremos mirar: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. No dice que no recen o que no cumplan; dice algo más delicado: el corazón ya no está implicado.

    La fe puede seguir funcionando sin tocar lo profundo. Las palabras están, pero el corazón aprendió a protegerse. Y esto no pasa de golpe: pasa de a poco. Seguimos haciendo lo que corresponde, pero ya no nos dejamos afectar. Seguimos practicando, pero cuidando que no nos exija demasiado. Honramos con los labios mientras el corazón se acomoda para no complicarse, para no desgastarse, para no volver a perder.

    Jesús baja a un ejemplo concreto: el corbán. Una ofrenda religiosa, algo legítimo, permitido, que en apariencia honra a Dios, pero que en la práctica sirve para no ayudar al padre o a la madre. Todo en regla, todo justificado… todo, menos el amor. Y Jesús es claro: cuando lo religioso se usa para evitar amar, algo esencial se ha perdido.

    Aquí no se trata de mandamientos fríos, sino de conciencia. Y la conciencia puede ser un lugar vivo donde Dios habla, o un lugar cómodo donde nos tranquilizamos. Puede ser espacio de discernimiento… o de justificación. Puede ser un lugar donde nos dejamos cuestionar… o donde aprendemos a decirnos: “Estoy bien así”.

    Y hay una diferencia decisiva para la vida diaria: tranquilizar la conciencia no es lo mismo que convertirla. Una conciencia tranquila no siempre es una conciencia despierta. A veces es una conciencia cansada, resignada, o una conciencia que aprendió a no mirar demasiado.

    Nos escuchamos diciendo: “No me alcanza el tiempo”, “Ya hice bastante”, “No puedo con todo”, “No está en mis manos”, “Siempre fue así”. Muchas veces es verdad, y Jesús no niega el cansancio ni desconoce la fragilidad. Pero también sabe que, a veces, esas frases se vuelven un escudo: no para descansar, sino para no implicarnos más.

    No porque seamos malos, sino porque amar de verdad siempre cuesta. Desinstala. Pide algo. Jesús no niega el cansancio; niega la excusa que apaga el amor. Por eso dice con claridad: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a tradiciones humanas”. No porque la tradición sea mala, sino porque puede volverse refugio: un lugar seguro donde cumplir sin arriesgar el corazón.

    Este Evangelio no nos acusa: nos despierta. Nos invita a mirarnos con verdad, sin miedo y sin autoengaño: ¿dónde honramos a Dios con palabras pero evitamos comprometernos más? ¿en qué relación concreta, en qué decisión diaria, en qué herida ajena podríamos dar un paso y no lo damos?

    Jesús no quiere robarnos la paz; quiere devolverle profundidad. Una conciencia viva no siempre está tranquila, pero sí está en camino. Y Jesús viene a eso: a volver a involucrar el corazón, no para exigir más, sino para amar mejor.

    Este Evangelio no termina en reproche, sino en posibilidad. Porque mientras la conciencia todavía se pregunta, mientras algo incomoda por dentro, mientras no todo está cerrado, Dios sigue trabajando. Y eso —incluso cuando duele un poco— ya es gracia.

    Oración

    Señor Jesús, hoy escuchamos una palabra que no condena, pero despierta. No queremos honrarte solo con los labios mientras el corazón se protege y se acomoda.

    Venimos con una conciencia a veces cansada, a veces herida, a veces demasiado tranquila. Devuélvenos un corazón implicado, capaz de amar en lo concreto y de dejarse incomodar por la vida del otro.

    Que la fe no sea refugio, sino camino. Que la tradición no apague el amor, sino que lo sostenga. Y si hoy algo se mueve por dentro, si algo nos incomoda con suavidad, danos la valentía de no callarlo.

    Porque donde el corazón vuelve a implicarse, ahí Tú ya estás obrando.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo, Pbro. David García

  • LUNES V SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    LUNES V SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    9 de febrero. Lunes Feria

    Del santo Evangelio según san Marcos: 6, 53-56

    En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron el lago y llegaron a Genesaret. Al desembarcar, la gente lo reconoció inmediatamente. Se pusieron a recorrer toda aquella región y comenzaron a llevar a los enfermos en camillas a dondequiera que oían decir que él estaba.

    En cualquier pueblo o ciudad o campo donde entraba, colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que lo tocaban quedaban curados.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «La gente lo reconoció inmediatamente…»

    Jesús llega a Genesaret. No llega a un templo ni a un lugar preparado: llega a la orilla. Ese borde donde la vida es tal cual —manos con sal, ojos con sueño, gente que viene de trabajar y todavía tiene que seguir—. La orilla es donde amarramos la barca y también donde amarramos el día: lo que salió bien, lo que salió mal, lo que pesa, lo que no sabemos resolver.

    Y apenas desembarca, pasa algo decisivo: la gente lo reconoce. No porque tengan todas las respuestas ni una fe perfectamente ordenada, sino porque la esperanza tiene memoria. Hay encuentros que dejan marca. Una presencia verdadera se reconoce como se reconoce un hogar: no por teoría, sino por alivio.

    Reconocer a Jesús no es un acto intelectual: es un movimiento del corazón. Ese “es Él” que nace cuando algo profundo se despierta. Y hay un detalle que nos salva: Jesús no solo está ahí para que lo vean; Él también llega reconociendo. Reconoce rostros apurados, miradas cansadas, cuerpos que ya no pueden más. Reconoce a los que llegan por sí mismos y a los que llegan cargados por otros. Nos reconoce a nosotros tal como estamos hoy.

    Lo reconocen porque lo necesitan. Porque el dolor no espera. Porque la vida, a veces, se vuelve demasiado pesada para cargarla solos. Entonces ocurre algo profundamente humano: empiezan a llevar a los enfermos. No vienen solos; los traen otros. El Evangelio no romantiza la fe: la muestra como es. Muchas veces la fe empieza siendo prestada.

    Los traen en brazos, en paciencia, en noches en vela, en el silencio de quien no sabe qué decir pero sigue estando. Nosotros conocemos esas camillas: son de tiempo, de trámites, de cuidados repetidos. Son la camilla del que ama sin garantías. Un padre que no sabe cómo ayudar pero no se va. Una madre que sigue de pie en medio del dolor. Un amigo que escucha siempre la misma herida. Eso también es Evangelio.

    Jesús ve todo eso. Ve al que sufre y ve al que carga. La gente no organiza nada: simplemente lleva la vida herida allí donde está Jesús. Y Él no se ofende ni pone condiciones. El texto dice: “En cualquier pueblo, ciudad o campo…”. No hay lugares excluidos ni historias demasiado rotas. Dios se deja encontrar en lo ordinario, en el lugar donde vivimos de verdad.

    Los enfermos son puestos en las plazas, el lugar de todos. El dolor no se esconde: se pone en medio. Y la gente no pide discursos ni explicaciones; pide algo mínimo: “que nos deje tocar siquiera el borde de su manto”. No piden controlar: piden agarrarse. No piden un plan completo: piden contacto.

    Tocar el manto es decir sin palabras: no puedo más, pero confío; no entiendo todo, pero me acerco. Jesús no sana a distancia: se deja tocar. Se deja alcanzar por manos temblorosas y fe frágil. A veces no tenemos palabras; solo podemos acercarnos como podemos. Y eso ya es fe.

    El texto termina con una frase inmensa: “Y todos los que lo tocaban quedaban curados.” No dice los perfectos, ni los que sabían rezar bien: dice los que lo tocaban. El Evangelio no promete una vida sin dolor, pero sí promete algo esencial: Jesús no se deja tocar en vano. Tal vez no siempre sane como esperamos, pero siempre devuelve dignidad, cercanía y humanidad.

    Esta Palabra nos alcanza hoy a los que necesitan ser llevados porque ya no pueden solos, y a los que están cargando a otros aunque estén cansados. A unos y a otros Jesús nos ve. Y si Él nos ve, nuestra vida no es invisible. El cuidado no es perdido. La pequeña fidelidad de cada día es terreno santo.

    Tal vez hoy no podamos hacer grandes gestos. Tal vez solo podamos acercarnos un poco y poner la vida herida en la plaza, sin esconderla. Eso basta. Porque donde Jesús está, la vida —de algún modo— encuentra alivio.

    Oración

    Señor Jesús, hoy nos reconocemos en esa gente que corre a buscarte, no porque lo tenga todo claro, sino porque te necesita. Gracias porque nos ves llegar antes de que sepamos decir nada.

    Venimos con nuestras heridas y con las heridas de quienes amamos. A veces somos los enfermos en la camilla; a veces los que cargan. Y muchas veces estamos cansados en ambos lugares. Gracias porque no pides explicaciones y te dejas tocar en lo pequeño y en lo frágil.

    Hoy queremos acercarnos como podamos. No dejar solos a los que no pueden más. Saber cargar sin endurecernos. Saber pedir ayuda sin vergüenza. Poner la vida herida delante de Ti sin maquillarla.

    Y cuando no podamos decir mucho, déjanos tocarte, aunque sea el borde de tu manto. Porque sabemos que, cuando nos miras y te dejamos entrar, algo en nosotros empieza a sanar.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García