La Palabra en Nuestra Historia

Categoría: Domingos del Tiempo Ordinario

  • VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    15 de febrero 2026

    VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

    Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 17-37

    En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Porque yo les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, no desaparecerá ni una letra ni una coma de la ley, hasta que todo se cumpla.

    Por lo tanto, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, aunque sea el más pequeño, y enseñe eso a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán en el Reino de los cielos.

    Han oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’. Pero yo les digo: todo el que se enoje con su hermano será llevado ante el tribunal… Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar recuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con él.

    Han oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo les digo: el que mira deseando ya cometió adulterio en su corazón… También se dijo: ‘El que se divorcie, que le dé un acta’. Pero yo les digo…

    Han oído que se dijo: ‘No jurarás en falso’. Pero yo les digo: no juren de ninguna manera… Que su modo de hablar sea: ‘Sí, sí’; ‘no, no’. Lo que pasa de ahí viene del maligno”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Han oído que se dijo… pero yo les digo»

    Jesús repite esta expresión varias veces. No la dice con enojo ni para despreciar lo anterior. La dice para llevarnos más adentro. “Han oído que se dijo…” Es decir: ustedes han aprendido algo, han recibido una tradición, han crecido con normas claras. Nosotros también.

    Hemos oído: no matarás, no cometerás adulterio, cumple tu palabra, haz lo correcto. Y eso es bueno y necesario. Sin un marco, la vida se desordena; sin límites básicos, el amor se vuelve confuso. Pero Jesús añade algo que cambia el eje: “Pero yo les digo…”.

    No anula, no destruye; profundiza. No endurece la ley, la lleva hasta su raíz. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Plenitud no significa rigidez, sino verdad más honda.

    Y aquí empieza algo que nos toca directamente: podemos cumplir sin amar. Podemos no matar, pero vivir enojados durante años. Podemos no cometer adulterio, pero mirar con desprecio. Podemos no mentir bajo juramento, pero manipular con medias verdades. Podemos no divorciarnos, pero dejar de cuidarnos por dentro.

    Jesús no se queda en el acto externo; va al movimiento interior. El Reino comienza antes del golpe, antes del acto visible, antes de que el daño sea público. Comienza en el corazón.

    Muchos no hemos cometido grandes males, pero sí hemos acumulado pequeñas durezas. Palabras que hieren, silencios que enfrían, miradas que juzgan. Eso sucede en lo cotidiano: en la mesa, en el tono que cambia, en la ironía que parece broma, en la indiferencia que se instala.

    Jesús dice algo fuerte: si vas a presentar tu ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y reconcíliate primero. La reconciliación tiene prioridad sobre el rito. Dios no necesita sacrificios; quiere corazones reconciliados.

    Podemos venir a misa, servir en la comunidad, rezar cada día… y estar cerrados por dentro. Podemos comulgar y no hablarle a un hermano. Jesús no humilla; despierta. Sabe que un corazón dividido no descansa.

    “Si su justicia no es mayor que la de los fariseos…” No es amenaza; es invitación a madurar. Mayor no significa más estricta, sino más verdadera. No basta con no traicionar; hay que custodiar el corazón. No basta con no mentir; hay que vivir con integridad.

    “Que tu sí sea sí y tu no sea no.” En un mundo donde todo se negocia, Jesús propone coherencia. No perfección, sino unidad interior. Decir “perdón” sin excusas añadidas. Cumplir lo prometido. Cuidar la mirada aunque nadie vigile. Elegir la verdad aunque cueste.

    Cuando habla del adulterio del corazón, no reduce todo a pensamientos culpables; protege el vínculo. El amor empieza antes del acto visible. Se gesta en la mirada, en la comparación constante, en el enfriamiento silencioso.

    Las imágenes fuertes —arrancarse el ojo, cortar la mano— no son violencia literal; son una llamada radical a no negociar aquello que nos endurece. El corazón se acostumbra, y lo que hoy incomoda mañana se justifica.

    La tradición cristiana habla de la “ley nueva” como la gracia del Espíritu actuando dentro. No se trata solo de saber lo que está bien, sino de recibir la fuerza para vivirlo. No caminamos solos intentando cumplir; somos acompañados desde dentro.

    Este Evangelio no es una lista imposible; es una invitación a vivir más enteros. Tal vez hay una conversación pendiente. Tal vez una herida que debemos cerrar. Tal vez una palabra que necesitamos pedir perdón. No se trata de resolver todo hoy, sino de dar un paso.

    Jesús no nos habla desde lejos. Nos conoce por dentro y aun así nos dice: “Pero yo les digo…”. Como quien nos invita a no conformarnos con una vida mínima. El Reino no es un conjunto de prohibiciones; es una manera nueva de relacionarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

    Cuando el corazón se unifica, la ley deja de sentirse como carga y comienza a experimentarse como libertad. La exigencia de Jesús no es más pesada; es más verdadera. Nos quiere íntegros, capaces de amar sin doblez.

    Y eso es profundamente esperanzador. Significa que nuestras relaciones pueden sanar, que nuestra historia puede crecer y que no estamos condenados a repetir siempre lo mismo.

    Jesús nos mira hoy, en nuestra casa concreta, en nuestras tensiones reales, y nos dice con paciencia: “Pero yo les digo…”. No para condenarnos, sino para hacernos más libres.

    Oración

    Señor Jesús, hemos oído muchas cosas en la vida. Hoy queremos escucharte a Ti. No para sentirnos juzgados, sino para dejarnos llevar más adentro.

    Sabemos que muchas veces cumplimos, pero no siempre amamos bien. Evitamos errores grandes, pero permitimos durezas pequeñas. Danos un corazón entero, una palabra limpia, una mirada fiel, una capacidad real de reconciliación.

    Que nuestro “sí” sea verdadero y nuestro “no” honesto. Que nuestra fe no sea solo correcta, sino viva. Y cuando sintamos que es demasiado exigente, recuérdanos que no caminamos solos.

    Enséñanos a dar hoy un paso concreto, uno real, uno que sane. Y que desde ese gesto pequeño, tu Reino crezca en nuestra vida cotidiana.

    Amén.

  • V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

    Domingo, 8 de febrero 2026

    Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 13-16

    Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 13-16

    En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

    “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para  nada, sino para ser tirada fuera y pisoteada por la gente.

    Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte. No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero, y así alumbre a todos los de la casa.

    Así debe brillar su luz ante los hombres, para que, viendo sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

     

    HOMILIA:

    «Ustedes son…»

    Jesús no dice: “Deberían ser”. No dice: “Algún día serán”. No dice: “Cuando estén listos, cuando mejoren, cuando cambien, cuando se ordenen un poco más…”.

    Dice, sencillamente: “Ustedes son”.

    Y eso lo cambia todo.

    Porque Jesús no está hablando a un ideal lejano, no está señalando una meta imposible, no está esperando una versión mejorada de nosotros.

    Está mirando lo que ya existe. Está reconociendo una realidad viva. Está poniendo palabras donde quizá nosotros solo vemos rutina.

    Jesús está mirando a personas concretas. A gente real. A nosotros.

    A hombres y mujeres con la vida en marcha, con historias que siguen escribiéndose, con días luminosos y con días exigentes, con decisiones tomadas a fuerza de amor, con fidelidades silenciosas que no salen en ninguna foto.

    Se lo dice a quienes trabajan y sostienen. A quienes llegan a casa y siguen dando. A quienes cuidan sin aplausos. A quienes acompañan procesos largos. A quienes siguen eligiendo amar, incluso cuando cuesta.

    No solo ve el cansancio. Ve todo lo que ese cansancio ya está sosteniendo.

    Ve mesas que siguen teniendo pan. Ve casas que no se derrumban. Ve personas que no se rinden. Ve gestos pequeños que mantienen viva la esperanza de otros.

    Por eso puede decir, con verdad y con ternura: Ustedes son.

    Jesús no empieza exigiendo. Empieza confirmando.

    Y eso es profundamente evangélico.

    Porque muchas veces nosotros vivimos al revés: pensamos que primero hay que estar a la altura, primero ordenar la vida, primero resolver los problemas, primero tener una fe más firme, primero dejar de dudar, primero cambiar… y recién después Dios podrá contar con nosotros.

    Jesús rompe ese esquema desde la raíz.

    No espera a que estemos listos. Nos habla desde lo que ya somos, aunque nosotros todavía no sepamos nombrarlo del todo, aunque a veces no sepamos verlo, aunque no siempre sintamos su valor.

    Por eso dice: “Ustedes son la sal de la tierra”.

    En la vida cotidiana, la sal no se ve. No se luce. No ocupa el centro de la mesa. No recibe aplausos.

    Pero sin ella, nada tiene gusto.

    La sal no llama la atención, pero transforma todo lo que toca. No hace ruido, pero evita que lo bueno se pierda. Se gasta para que otros disfruten. Se disuelve para que algo tenga sabor.

    En la Biblia, la sal está ligada a la alianza, a lo que preserva, a lo que mantiene vivo lo esencial.

    No es una imagen romántica. Es una imagen profundamente real.

    Y ahí el Evangelio no nos acusa: nos reconoce.

    Porque muchos de nosotros ya estamos siendo sal, aunque no lo digamos así, aunque no lo sintamos espectacular.

    Somos sal cuando:

    – seguimos cuidando lo que podría romperse,

    – sostenemos lo que no da prestigio,

    – elegimos lo correcto cuando nadie mira,

    – permanecemos cuando sería más fácil irnos.

    La madre que cocina todos los días y logra que la casa siga siendo hogar.

    El padre que vuelve cansado y aun así se sienta a escuchar.

    El hijo que acompaña una fragilidad ajena y no abandona.

    La pareja que atraviesa etapas difíciles y sigue apostando.

    El trabajador que actúa con honestidad aunque no lo premien.

    El creyente que persevera aunque no sienta nada especial.

    Eso ya es Reino actuando. Eso ya está dando sabor al mundo.

    Eso es sal.

    No lo espectacular. Lo fiel. Lo que sostiene la vida desde adentro.

    Pero Jesús, que nos ama de verdad, también cuida lo que somos.

    Por eso advierte con cariño: “Si la sal se vuelve insípida…”

    No como amenaza. Como protección.

    Porque la sal no pierde sabor de golpe. Lo pierde despacio, cuando se vive solo por obligación, cuando todo se vuelve peso, cuando el sentido se diluye, cuando seguimos haciendo el bien pero dejamos de creer que importa.

    Jesús no nos reprocha. Nos dice: no pierdan lo que ya son.

    Y sin cambiar el tono, sin elevar la voz, continúa: “Ustedes son la luz del mundo”.

    No dice: algunos.

    No dice: los mejores.

    No dice: los que tienen más tiempo o más fuerza.

    Dice: ustedes.

    La luz no discute con la oscuridad. No la empuja. No la humilla.

    Simplemente alumbra. Y alumbra donde está.

    Una lámpara no ilumina una ciudad entera. Ilumina una casa. Una mesa. Un rostro. Un camino corto pero real.

    En el Evangelio, la luz no es la del escenario. Es la del hogar. La que permite ver al otro. La que evita tropezar. La que acompaña una noche difícil.

    Ser luz no es brillar fuerte. Es estar.

    Estar cuando alguien necesita una palabra justa. Estar cuando hace falta silencio. Estar cuando alguien se equivoca. Estar cuando el cansancio pesa. Y muchas veces ya lo estamos haciendo. Más de lo que creemos.

    Jesús sabe que a veces queremos esconder esa luz. No por maldad, sino por desgaste, por miedo a exponernos, por la sensación de que “no sirve de mucho”.

    Pero Jesús insiste: lo que ya eres importa.

    Y entonces ordena todo con una frase clara: “Así debe brillar su luz ante los hombres, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre”.

    La luz cristiana no apunta a uno mismo. Apunta a Dios.

    Cuando una vida es vivida con verdad, cuando alguien ama sin ruido, cuando alguien perdona, cuando alguien cuida, cuando alguien sostiene… algo se enciende en los otros.

    Y eso —dice Jesús— ya es Reino.

    Tal vez no cambiemos el mundo entero. Pero sí cambiamos ambientes. Relaciones. Historias concretas.

    Ser sal.

    Ser luz.

    No como una carga más, sino como una verdad ya sembrada.

    Porque Jesús no nos está pidiendo fabricar algo nuevo. Nos está invitando a creer en lo que ya puso en nosotros y a vivirlo con más conciencia, más libertad, más verdad.

    Y entonces aparece una pregunta honesta y liberadora: ¿Dónde ya estamos dando sabor, aunque no lo notemos? ¿Dónde ya estamos alumbrando, aunque nadie aplauda? ¿En qué parte de nuestra vida podemos pasar de sobrevivir… a dar vida con más intención?

    La buena noticia es que la sal recupera su fuerza cuando vuelve al contacto. Que la luz vuelve a brillar cuando se la saca del escondite.

    Y eso no se logra de golpe. Se logra volviendo a lo pequeño. A lo real. A lo cotidiano.

    Ahí donde vivimos.

    Y entonces, como siempre, la Palabra se vuelve oración.

    Oración

    Señor Jesús,

    hoy nos miras no desde lo que nos falta, sino desde lo que ya somos. Y eso nos devuelve la vida.

    Gracias por todo el bien que ya está ocurriendo a través de nuestras manos, nuestras decisiones, nuestra fidelidad cotidiana.

    Recuérdanos, cuando el cansancio aprieta, que ya estamos siendo sal, que ya estamos siendo luz, aunque no siempre lo veamos.

    Cuida en nosotros el sabor. Protege la luz. Enséñanos a vivir lo que somos con más verdad, más libertad, más alegría.

    Y si hoy solo podemos alumbrar un rincón, si hoy apenas podemos salar un plato, que sepamos que eso basta para que tu Reino siga creciendo.

    Amén.

    Atte: Pbro. David García