La Palabra en Nuestra Historia

Autor: daregabe@gmail.com

  • VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    15 de febrero 2026

    VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

    Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 17-37

    En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Porque yo les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, no desaparecerá ni una letra ni una coma de la ley, hasta que todo se cumpla.

    Por lo tanto, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, aunque sea el más pequeño, y enseñe eso a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán en el Reino de los cielos.

    Han oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’. Pero yo les digo: todo el que se enoje con su hermano será llevado ante el tribunal… Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar recuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con él.

    Han oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo les digo: el que mira deseando ya cometió adulterio en su corazón… También se dijo: ‘El que se divorcie, que le dé un acta’. Pero yo les digo…

    Han oído que se dijo: ‘No jurarás en falso’. Pero yo les digo: no juren de ninguna manera… Que su modo de hablar sea: ‘Sí, sí’; ‘no, no’. Lo que pasa de ahí viene del maligno”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Han oído que se dijo… pero yo les digo»

    Jesús repite esta expresión varias veces. No la dice con enojo ni para despreciar lo anterior. La dice para llevarnos más adentro. “Han oído que se dijo…” Es decir: ustedes han aprendido algo, han recibido una tradición, han crecido con normas claras. Nosotros también.

    Hemos oído: no matarás, no cometerás adulterio, cumple tu palabra, haz lo correcto. Y eso es bueno y necesario. Sin un marco, la vida se desordena; sin límites básicos, el amor se vuelve confuso. Pero Jesús añade algo que cambia el eje: “Pero yo les digo…”.

    No anula, no destruye; profundiza. No endurece la ley, la lleva hasta su raíz. “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”. Plenitud no significa rigidez, sino verdad más honda.

    Y aquí empieza algo que nos toca directamente: podemos cumplir sin amar. Podemos no matar, pero vivir enojados durante años. Podemos no cometer adulterio, pero mirar con desprecio. Podemos no mentir bajo juramento, pero manipular con medias verdades. Podemos no divorciarnos, pero dejar de cuidarnos por dentro.

    Jesús no se queda en el acto externo; va al movimiento interior. El Reino comienza antes del golpe, antes del acto visible, antes de que el daño sea público. Comienza en el corazón.

    Muchos no hemos cometido grandes males, pero sí hemos acumulado pequeñas durezas. Palabras que hieren, silencios que enfrían, miradas que juzgan. Eso sucede en lo cotidiano: en la mesa, en el tono que cambia, en la ironía que parece broma, en la indiferencia que se instala.

    Jesús dice algo fuerte: si vas a presentar tu ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y reconcíliate primero. La reconciliación tiene prioridad sobre el rito. Dios no necesita sacrificios; quiere corazones reconciliados.

    Podemos venir a misa, servir en la comunidad, rezar cada día… y estar cerrados por dentro. Podemos comulgar y no hablarle a un hermano. Jesús no humilla; despierta. Sabe que un corazón dividido no descansa.

    “Si su justicia no es mayor que la de los fariseos…” No es amenaza; es invitación a madurar. Mayor no significa más estricta, sino más verdadera. No basta con no traicionar; hay que custodiar el corazón. No basta con no mentir; hay que vivir con integridad.

    “Que tu sí sea sí y tu no sea no.” En un mundo donde todo se negocia, Jesús propone coherencia. No perfección, sino unidad interior. Decir “perdón” sin excusas añadidas. Cumplir lo prometido. Cuidar la mirada aunque nadie vigile. Elegir la verdad aunque cueste.

    Cuando habla del adulterio del corazón, no reduce todo a pensamientos culpables; protege el vínculo. El amor empieza antes del acto visible. Se gesta en la mirada, en la comparación constante, en el enfriamiento silencioso.

    Las imágenes fuertes —arrancarse el ojo, cortar la mano— no son violencia literal; son una llamada radical a no negociar aquello que nos endurece. El corazón se acostumbra, y lo que hoy incomoda mañana se justifica.

    La tradición cristiana habla de la “ley nueva” como la gracia del Espíritu actuando dentro. No se trata solo de saber lo que está bien, sino de recibir la fuerza para vivirlo. No caminamos solos intentando cumplir; somos acompañados desde dentro.

    Este Evangelio no es una lista imposible; es una invitación a vivir más enteros. Tal vez hay una conversación pendiente. Tal vez una herida que debemos cerrar. Tal vez una palabra que necesitamos pedir perdón. No se trata de resolver todo hoy, sino de dar un paso.

    Jesús no nos habla desde lejos. Nos conoce por dentro y aun así nos dice: “Pero yo les digo…”. Como quien nos invita a no conformarnos con una vida mínima. El Reino no es un conjunto de prohibiciones; es una manera nueva de relacionarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

    Cuando el corazón se unifica, la ley deja de sentirse como carga y comienza a experimentarse como libertad. La exigencia de Jesús no es más pesada; es más verdadera. Nos quiere íntegros, capaces de amar sin doblez.

    Y eso es profundamente esperanzador. Significa que nuestras relaciones pueden sanar, que nuestra historia puede crecer y que no estamos condenados a repetir siempre lo mismo.

    Jesús nos mira hoy, en nuestra casa concreta, en nuestras tensiones reales, y nos dice con paciencia: “Pero yo les digo…”. No para condenarnos, sino para hacernos más libres.

    Oración

    Señor Jesús, hemos oído muchas cosas en la vida. Hoy queremos escucharte a Ti. No para sentirnos juzgados, sino para dejarnos llevar más adentro.

    Sabemos que muchas veces cumplimos, pero no siempre amamos bien. Evitamos errores grandes, pero permitimos durezas pequeñas. Danos un corazón entero, una palabra limpia, una mirada fiel, una capacidad real de reconciliación.

    Que nuestro “sí” sea verdadero y nuestro “no” honesto. Que nuestra fe no sea solo correcta, sino viva. Y cuando sintamos que es demasiado exigente, recuérdanos que no caminamos solos.

    Enséñanos a dar hoy un paso concreto, uno real, uno que sane. Y que desde ese gesto pequeño, tu Reino crezca en nuestra vida cotidiana.

    Amén.

  • SÁBADO V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

    SÁBADO V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

    14 de febrero 2026

    Memoria SAN CIRILO, Monje y SAN METODIO, Obispo

    Del santo Evangelio según san Marcos: 8, 1-10

    En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos”.

    Sus discípulos le respondieron: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?”. Él les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?”. Ellos contestaron: “Siete”.

    Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran. Tenían además unos cuantos pescados; Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran.

    La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Me da lástima esta gente…»

    No es una frase estratégica ni un cálculo pastoral. Es una confesión del corazón de Jesús. “Me da lástima esta gente…”. Antes del milagro está la mirada. Antes del pan está la compasión. Antes de la solución está el dolor que se deja sentir.

    Jesús no actúa porque “deba” hacerlo, sino porque se le conmueven las entrañas. En el lenguaje bíblico, esa lástima no es superficial: es el mismo estremecimiento del padre que ve volver al hijo pródigo, la misma compasión del buen samaritano. Dios no administra desde lejos; se deja afectar.

    Y nosotros también vivimos con hambre. No solo hambre de pan, sino hambre de descanso, de reconocimiento, de paz en casa, de diálogo en la pareja, de fuerzas para seguir cuidando, de esperanza cuando la enfermedad se instala, de comunidad cuando la fe se vuelve solitaria.

    El texto dice algo que necesitamos escuchar: llevaban tres días con Él. No es entusiasmo pasajero; es perseverancia, es cansancio acumulado. Nosotros también llevamos tiempo sosteniendo situaciones difíciles, rezando sin sentir nada, intentando mantener la paciencia. Y a veces creemos que Dios no se da cuenta.

    Pero Jesús sí sabe cuánto llevamos caminando. Sabe quién vino de lejos. No todos estamos igual de cansados, ni cargamos la misma historia. Y no estamos invisibles.

    Cuando los discípulos responden: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado?”, hablan desde la lógica que conocemos bien: no alcanza, no se puede, no hay recursos. Es la lógica del despoblado. Jesús no los reprende; les hace otra pregunta: “¿Cuántos panes tienen?”.

    No pregunta qué falta, sino qué hay. Nosotros miramos lo que no tenemos: falta tiempo, paciencia, salud, dinero. Jesús nos obliga a mirar distinto: ¿qué tienes?

    Siete panes. En la Biblia, siete es número de plenitud. En el despoblado, siete panes parecen poco. Pero cuando lo poco se entrega, se vuelve totalidad.

    Jesús manda a la gente que se siente en el suelo. No comen dispersos; se sientan juntos. El milagro ocurre en comunidad. La fe no madura en aislamiento. El hambre no se sacia en privado.

    Toma los panes, da gracias, los parte y los entrega. Es el mismo gesto de la Última Cena: tomar, agradecer, partir y dar. El pan pasa por manos humanas. Jesús lo da a los discípulos y ellos lo distribuyen. El Reino pasa por nuestras manos.

    Eso da vértigo, pero también dignidad. No somos espectadores del milagro; somos mediación. ¿Dónde hoy estamos llamados a distribuir pan? Tal vez no pan físico, pero sí tiempo, escucha, paciencia, reconciliación, presencia.

    La gente comió hasta quedar satisfecha. No apenas sobrevivieron: quedaron satisfechos. Y aún sobraron siete canastos. La sobreabundancia no viene de la acumulación, sino de la entrega.

    Guardamos lo poco porque creemos que no alcanza. Guardamos el tiempo, la ternura, el perdón. Y en ese intento de conservar, nos empobrecemos. Jesús no multiplica lo que se esconde; multiplica lo que se comparte.

    También nosotros podemos desmayarnos en el camino. Jesús no quiere que nadie camine solo. Por eso la escena es comunitaria. Por eso el pan se parte. Por eso sobran canastos.

    Tal vez hoy el gesto concreto no sea espectacular. Tal vez sea volver a la comunidad, invitar a alguien a la mesa, pedir ayuda en lugar de fingir autosuficiencia, ofrecer nuestro “poco” a la vida de Iglesia.

    No basta reconocer que hay hambre. Hay que sentarse juntos. No basta decir que confiamos. Hay que poner los panes en manos de Jesús.

    Y cuando lo hacemos, aunque sea con miedo, algo se multiplica. No siempre como imaginamos, pero siempre como necesitamos.

    Oración

    Señor Jesús, muchas veces vivimos desde la escasez. Miramos lo que falta y olvidamos lo que tenemos. Tú ves nuestro cansancio, sabes cuánto llevamos caminando y cuándo podemos desmayarnos.

    Enséñanos a poner en tus manos nuestros siete panes: lo poco que somos y lo poco que tenemos. Enséñanos a sentarnos juntos, a no vivir la fe en solitario, a compartir la mesa y a dejarnos ayudar.

    Que no enviemos a nadie con hambre cuando podemos compartir. Que no nos encerremos en el “no alcanza”. Que aprendamos a confiar.

    Y cuando el camino sea largo, recuérdanos que a Ti te importa que no nos desmayemos. Que tu compasión nos sostenga, que tu Eucaristía nos una y que tu Reino crezca en nuestra mesa cotidiana y en nuestra comunidad.

    Amén.

    Atte: Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • VIERNES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

    VIERNES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C

    13 de febrero 2026

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 31-37

    En aquel tiempo, Jesús volvió a salir de la región de Tiro y, pasando por Sidón, llegó al mar de Galilea, atravesando la región de la Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le rogaban que le impusiera las manos.

    Jesús lo apartó de la gente, a solas; le metió los dedos en los oídos y, con saliva, le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Effetá”, que quiere decir “Ábrete”.

    Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la lengua y empezó a hablar correctamente. Jesús les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo proclamaban. Todos estaban asombrados y decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Effetá… Ábrete»

    Hay palabras en el Evangelio que no son largas, pero atraviesan la vida. Effetá. Ábrete. Jesús la pronuncia después de apartar a un hombre sordo y tartamudo, después de tocarle los oídos y la lengua, después de mirar al cielo y suspirar. No es un milagro hecho desde lejos ni una orden fría; es un gesto cercano, corporal, casi íntimo.

    El hombre no llega solo. “Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo…”. Otra vez alguien carga a otro. Otra vez la fe empieza siendo prestada. Alguien insistió por él, alguien creyó por él, alguien no se resignó a que su vida quedara cerrada. Y Jesús no ignora eso.

    Este hombre vive en una doble frontera: no oye con claridad y no logra expresar lo que lleva dentro. Está atrapado entre el ruido y el silencio. Y si lo pensamos despacio, eso nos toca más de lo que creemos. No somos sordos físicamente, pero muchas veces no escuchamos de verdad. Escuchamos información, opiniones, quejas, audios interminables, pero no escuchamos el corazón del otro.

    No escuchamos el cansancio detrás del enojo, la tristeza detrás del silencio, el miedo detrás de la dureza. Y también nos pasa lo otro: queremos decir algo, pero sale mal, enredado, torpe o herido. Guardamos lo que necesitamos expresar y explotamos por lo acumulado. Vivimos a medias: sin oír bien y sin hablar claro.

    Jesús no hace el milagro delante de todos. “Lo apartó de la gente, a solas”. Ese detalle es profundamente revelador. No expone la fragilidad ni convierte el dolor en espectáculo. Lo lleva fuera del ruido. Lo mira sin público. Dios trabaja en lo íntimo. No sana desde el aplauso, sino desde el encuentro personal.

    Jesús le mete los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Es un gesto fuerte y concreto. No salva a distancia; se involucra. En la Biblia, el contacto comunica vida. Dios forma al hombre con sus manos; no crea desde lejos, modela. Jesús hace lo mismo.

    En el rito del Bautismo, todavía hoy, se tocan los oídos y la boca y se pronuncia esta misma palabra: Effetá. La Iglesia conserva ese gesto porque entiende que no basta con recibir el agua. Necesitamos oídos abiertos para escuchar a Dios y una lengua suelta para proclamarlo. Es misión, no solo recuerdo.

    Jesús mira al cielo y suspira. No es cansancio; es compasión. Se deja afectar por la limitación humana. Cuando nos mira, no lo hace con impaciencia, sino con misericordia. Y entonces dice: Ábrete.

    No le da una técnica de comunicación ni le pide esfuerzo. Le dice: Ábrete. Como si la raíz del problema fuera también interior. Muchas veces lo que nos mantiene cerrados no es incapacidad, sino miedo. Nos cerramos cuando nos decepcionan, cuando nos hieren, cuando sentimos que nuestras palabras no cambian nada.

    El padre que ya no explica, solo ordena. La madre que ya no comparte lo que siente, solo resuelve. La pareja que dejó de decir lo que duele. El hijo que se encierra. El hermano que no llama. No es maldad; es defensa. Y esa defensa protege, pero también aísla.

    Jesús no condena ese cierre; lo toca. Abrirse da miedo. Implica volver a escuchar lo que duele y decir lo que evitamos. Implica reconocer que necesitamos ayuda. El texto dice que al momento se le abrieron los oídos y se le soltó la lengua y empezó a hablar correctamente. Hablar correctamente no es hablar mucho; es hablar con claridad.

    Muchos conflictos no nacen de mala intención, sino de palabras mal dichas, silencios acumulados y conversaciones postergadas. Cuando la gente dice: “Todo lo ha hecho bien”, reconoce algo más que un milagro: ve el Reino en marcha. El Reino empieza cuando alguien vuelve a escuchar y a hablar con verdad.

    Podemos preguntarnos con honestidad: ¿Dónde estamos cerrados? ¿A quién ya no intentamos comprender? ¿Dónde nuestra palabra se volvió dura? ¿Qué conversación seguimos postergando?

    Jesús no grita; nos aparta a solas. Tal vez hoy nos está tomando aparte y pronunciando sobre nuestra historia concreta: Effetá. Ábrete a escuchar mejor. Ábrete a decir lo que de verdad sientes. Ábrete a Dios, que hace tiempo intenta hablarte.

    No todo cambia de golpe ni mágicamente, pero cambia de verdad. El hombre del Evangelio no se abrió solo; se dejó tocar. Y eso es esperanza. No todo depende de nuestra fuerza. Jesús sigue tocando lo que no oímos, sigue tocando lo que no decimos, sigue pronunciando sobre nuestra vida: Ábrete.

    Y cuando nos dejamos abrir, aunque sea un poco, algo empieza a hablar mejor dentro de nosotros. Entonces, aun en medio de lo imperfecto, podemos reconocer que Él sigue obrando. El Reino crece en lo pequeño: en un oído que vuelve a escuchar, en una palabra que vuelve a salir con verdad, en un corazón que se deja tocar.

    Oración

    Señor Jesús, muchas veces vivimos cerrados sin darnos cuenta: cerrados al diálogo, al perdón, a escuchar y a decir lo que sentimos. No porque no queramos amar, sino porque tenemos miedo.

    Tócanos como tocaste a aquel hombre. Llévanos a solas, míranos sin juicio y pronuncia también sobre nuestra vida: Effetá.

    Abre nuestros oídos para escuchar de verdad. Abre nuestra lengua para hablar con claridad y ternura. Abre nuestro corazón para no vivir a la defensiva.

    Que no nos acostumbremos al silencio que separa ni normalicemos la dureza. Y que, poco a poco, nuestra vida pueda decir también: Todo lo ha hecho bien.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • JUEVES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    JUEVES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    12 de febrero 2026

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 24-30

    En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quería que nadie lo supiera, pero no pudo pasar inadvertido.

    Enseguida una mujer, cuya hija estaba poseída por un espíritu inmundo, oyó hablar de él, fue a buscarlo y se postró a sus pies. La mujer era pagana, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara al demonio de su hija.

    Jesús le respondió: “Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella le replicó: “Señor, también los perritos, debajo de la mesa, se comen las migajas que tiran los hijos”.

    Entonces Jesús le dijo: “Por lo que has dicho, puedes irte tranquila: el demonio ha salido de tu hija”. La mujer se fue a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y al demonio ya salido.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «No pudo pasar inadvertido»

    Jesús sale de Genesaret y se va a la región de Tiro. No es solo un desplazamiento geográfico; es un movimiento interior y espiritual. Sale de lo conocido, de un ambiente religioso donde su presencia era esperada, y entra en una región pagana, extranjera, incómoda. No va a predicar a una plaza ni a convocar multitudes. Entra en una casa. Y el Evangelio dice algo revelador: no quería que nadie lo supiera.

    Jesús busca silencio, descanso, anonimato. Y sin embargo, no pudo pasar inadvertido. Hay algo en Él que se filtra incluso cuando no se muestra. Una presencia que atraviesa fronteras, cansancios y prejuicios. Jesús no se impone, pero tampoco puede esconderse cuando hay dolor real.

    Y aquí empieza un Evangelio que también habla de nosotros. Muchos sabemos lo que es querer pasar inadvertidos: cumplir, sostener, seguir adelante sin llamar la atención; que nadie note el cansancio ni vea la herida. Cerramos la puerta de casa y seguimos funcionando. Pero hay dolores que no pueden pasar inadvertidos, y hay amores tan grandes que no se resignan.

    Así aparece la mujer. El texto es sobrio, pero la escena es intensa: una madre cuya hija está poseída por un espíritu inmundo. No es una preocupación abstracta; es su niña. No sabemos cuánto tiempo lleva así, cuántas noches sin dormir, cuántas puertas tocadas. Sabemos algo esencial: oyó hablar de Jesús. La fe muchas veces comienza así, como un rumor, un “dicen que…”. Y eso le basta.

    Va a buscarlo, cruza una frontera cultural y religiosa, entra en una casa que no es la suya y se postra a sus pies. En la Biblia, postrarse no es humillarse, sino reconocer que el otro tiene vida para dar. Es poner el cuerpo donde ya no alcanzan las palabras. La mujer no exige derechos; ruega.

    La respuesta de Jesús siempre nos incomoda: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Es una imagen dura, cargada de la historia de la salvación: Israel es el pueblo elegido y la misión comienza allí. Hay un orden, un camino, un tiempo.

    Pero aquí ocurre algo decisivo: la mujer no se va. No se ofende ni se endurece. Responde desde el amor herido, pero lúcido: “También los perritos, debajo de la mesa, se comen las migajas que tiran los hijos”. No reclama el centro; confía en la abundancia. Cree que una migaja basta.

    En la Biblia, las migajas no son restos inútiles, sino signo de que la mesa es abundante. Esta mujer cree que con un poco de misericordia la vida puede cambiar. ¿Cuántas veces nosotros rezamos así? No pidiendo grandes cosas, sino diciendo: “Señor, si hoy puedo sostener esto… si hoy atravieso el día… si hoy no pierdo la paciencia…”.

    Migajas. Pequeños alivios. Esperanzas mínimas. Y Jesús escucha eso. Dice: “Por lo que has dicho, puedes irte tranquila”. No dice “por lo que mereces”, sino “por lo que has dicho”, porque lo que sale del corazón revela una fe viva.

    La mujer vuelve a casa. No hay espectáculo ni aplausos. Encuentra a la niña acostada en la cama y al demonio ya salido. Vida restaurada en una casa. Y ahí el Evangelio se vuelve profundamente cotidiano.

    Muchos milagros no son públicos; son domésticos. Una conversación que no explota. Una recaída que no ocurrió. Un hijo que sonríe. Una noche que se pudo dormir. Y nosotros estamos ahí.

    A veces somos esa mujer: cuando acompañamos una adicción, una enfermedad, una herida que no elegimos. Cuando el amor exige más de lo que tenemos. Y otras veces somos Jesús sin darnos cuenta: cuando entramos cansados a casa y alguien nos busca. Un hijo, una pareja, un amigo. Y no podemos pasar inadvertidos, porque nuestra presencia importa más de lo que creemos.

    Este Evangelio nos deja preguntas concretas: ¿de quién no podemos pasar inadvertidos hoy? ¿Para quién nuestra presencia, aunque cansada, sigue siendo pan? ¿Y dónde necesitamos nosotros una migaja de Dios para seguir?

    No grandes promesas, solo una migaja hoy. La buena noticia es que Jesús entra en casas donde no quería llamar la atención y aun así se deja encontrar. No clasifica dolores ni mide pertenencias. Se deja tocar por la fe que insiste.

    Esa fe no es heroica; es real y cotidiana. Es de padres, madres, cuidadores, personas cansadas que no se rinden. Eso es Reino: una vida que, aun herida, sigue buscando pan.

    Oración

    Señor Jesús, muchas veces entramos a casa cansados, queriendo pasar inadvertidos, con ganas de silencio. Y sin embargo, hay vidas que nos buscan y amores que no se resignan.

    Hoy venimos a Ti como esa mujer, con lo que somos y con lo que nos duele. No venimos a exigir, sino a confiar, aunque sea por una migaja.

    Mira nuestras casas, nuestras familias, a quienes amamos y a quienes nos cuesta amar. Danos hoy el pan que necesitamos, no para ser héroes, sino para seguir.

    Y si no podemos cambiarlo todo, que al menos nuestra presencia no pase inadvertida para quien nos necesita.

    Amén.

    Atte: Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • MIÉRCOLES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    MIÉRCOLES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    11 de febrero 2026

    NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

    Memoria

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 14-23

    En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”.

    Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. Él les dijo: “¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después sale del cuerpo?”. Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.

    Luego agregó: “Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Lo que sale de dentro es lo que mancha al hombre»

    Jesús dice esta frase en un momento muy concreto. No está discutiendo con gente lejana ni hablando con personas sin fe. Está hablando con gente que escucha, que practica, que quiere entender cómo vivir bien. Sin necesidad de forzar nada, nos habla a nosotros.

    Jesús reúne a la gente y dice algo que descoloca, porque no va por donde solemos mirar: “Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”. Nosotros estamos acostumbrados a vigilar lo que entra: palabras, influencias, peligros externos. Cuidamos lo que comemos, lo que miramos, lo que dejamos pasar. Y no está mal. Pero Jesús corre el eje.

    No niega que lo externo influya. Dice algo más hondo, más incómodo y al mismo tiempo más liberador: el verdadero campo de batalla no está fuera, está dentro. Y ahí comienza un Evangelio que no acusa, pero tampoco nos deja tranquilos, porque mirar hacia dentro requiere valentía y nadie puede hacerlo por nosotros.

    Cuando Jesús habla del corazón, no habla solo de sentimientos. En la Biblia, el corazón es el centro de la persona: el lugar de las decisiones profundas, donde se gestan las intenciones, donde se mezclan deseos, miedos, heridas y cansancios. Ahí se forma lo que después aparece en gestos, palabras y silencios. Cuando Jesús dice “lo que sale del corazón”, habla de lo que dejamos crecer dentro sin revisarlo.

    No se refiere solo a grandes pecados. Habla de procesos interiores, dinámicas pequeñas, cosas que parecen normales o justificables pero que, si no se miran, terminan gobernando la vida. Y esto toca de lleno nuestra experiencia cotidiana.

    Muchos no vivimos haciendo el mal deliberadamente; vivimos cansados, exigidos, con días que no dan tregua. Y desde ese cansancio empiezan a salir cosas. No porque seamos malos, sino porque algo por dentro está saturado. Empieza a salir la irritación constante, la dureza en el trato, la ironía que hiere, el juicio rápido, la indiferencia frente al dolor ajeno.

    Empieza a salir la desconfianza, el encerrarnos, el “ya no me importa”, el vivir a la defensiva como si amar siempre implicara perder. Y muchas veces no lo notamos, porque seguimos funcionando. Pero el corazón se va endureciendo lentamente.

    Jesús enumera estas cosas no para asustar, sino para despertar. Porque lo que no se nombra gobierna, y lo que se mira con verdad puede sanarse. El Evangelio aclara algo decisivo: cuando Jesús dice que nada externo mancha al hombre, declara limpios todos los alimentos. Es una ruptura profunda. Durante siglos se creyó que agradar a Dios pasaba por evitar impurezas rituales. Jesús dice: Dios mira el corazón. Eso cambia todo.

    La fe deja de ser una lista de controles y se vuelve un camino de verdad interior. Ya no se trata de tranquilizar la conciencia, sino de convertirla. Y esto baja directo a la vida concreta: podemos cuidar las formas y descuidar el trato, defender principios y perder ternura, tener razón y lastimar, cumplir con todo y dejar de amar bien.

    Pasa en casa, en el trabajo, en la pareja, en la comunidad, en la Iglesia. Cuando el cansancio se vuelve enojo, dureza, resentimiento silencioso. Nada de eso nos hace malas personas. Nos hace personas que necesitan que el corazón sea cuidado.

    Jesús no dice: “controlen mejor”. Dice algo más humano: miren qué está saliendo de ustedes. Porque lo que sale habla de lo que pasa dentro. Y aquí aparece una esperanza enorme: si lo que sale puede manchar, también puede sanar.

    Del mismo corazón pueden salir paciencia, compasión, la palabra justa, el gesto que repara, la decisión de pedir perdón, el volver a empezar. El corazón no es solo fuente de mal; es fuente de vida. Jesús no viene a condenarlo: viene a recuperarlo.

    No es casual que este Evangelio se escuche en la memoria de Lourdes. Allí, María invita a volver a lo simple: a la verdad, a la oración sincera, a la conversión del corazón. Lourdes es un lugar donde la gente se anima a tocar su herida y ponerla delante de Dios sin maquillaje. Eso es lo que Jesús hace hoy con nosotros.

    Nos llama aparte y nos explica con paciencia: no todo lo que duele viene de fuera; hay cosas que necesitan sanarse desde dentro. La pregunta que queda no acusa, acompaña: ¿qué está saliendo de nuestro corazón últimamente? No para juzgarnos, sino para cuidarnos.

    ¿Qué tono usamos con los que amamos? ¿Qué palabras repetimos cuando estamos cansados? ¿Qué durezas justificamos? Porque ahí, justamente ahí, Dios quiere trabajar. Y eso es esperanza. No estamos atrapados en lo que somos hoy. El corazón puede transformarse, lentamente, pero de verdad.

    Esta Palabra no pide gestos espectaculares. Pide uno muy real: escuchar lo que está saliendo de nosotros esta semana y llevarlo a la oración. No para castigarnos, sino para sanar. Porque cuando el corazón se deja mirar, Dios ya está obrando.

    Oración

    Señor Jesús, hoy no nos miras desde fuera; nos miras por dentro. No para condenar lo que somos, sino para cuidar lo que está brotando de nuestro corazón.

    Sabemos que muchas veces no sale lo mejor: sale el cansancio, la dureza, el miedo, la bronca acumulada. No porque no queramos amar, sino porque estamos agotados.

    Ven a nuestro corazón. Enséñanos a mirarlo contigo, a escuchar lo que está saliendo, a dejarnos sanar desde dentro. Que de nosotros vuelva a salir vida: palabras que cuidan, gestos que reparan, decisiones que construyen.

    Y aunque el camino sea lento, que sepamos que Tú sigues obrando. Porque cuando el corazón se abre, aunque sea un poco, tu Reino ya empieza a crecer.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • MARTES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    MARTES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    10 de febrero 2026

    SANTA ESCOLÁSTICA, virgen

    Memoria

    Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 1-13

    En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, lo criticaron. (Los fariseos y los judíos en general no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; y al volver del mercado no comen sin haberse lavado antes. Y observan muchas otras tradiciones, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

    Entonces los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de nuestros mayores y comen con las manos impuras?” Él les respondió: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos! Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

    Y añadió: “De veras que son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte. Pero ustedes dicen: Si uno dice a su padre o a su madre: ‘Todo aquello con que yo podría ayudarte es corbán’ (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede ayudar a su padre o a su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí»

    Jesús no dice esta frase a gente alejada. No se la dice a paganos ni a indiferentes. Se la dice a personas religiosas, practicantes, que se esfuerzan por hacer las cosas bien, que conocen normas, tradiciones y gestos correctos. Por eso este Evangelio es incómodo y, al mismo tiempo, tan cercano.

    No habla de ausencia de fe; habla de una fe que sigue en pie, pero con el corazón cada vez más lejos. No habla de dejar de creer, sino de creer sin involucrarse demasiado. No habla de romper con Dios, sino de mantenerlo a distancia para que no desordene la vida.

    Se acercan a Jesús fariseos y escribas. No vienen a aprender; vienen a observar. Vienen con la regla en la mano, con la conciencia tranquila, convencidos de que sabrán detectar si algo no está como debería. Y lo que ven no es un escándalo: ven algo mínimo, manos sin lavar. Un detalle pequeño, pero suficiente para activar la crítica y reafirmarse por dentro: “Nosotros sí hacemos lo correcto”.

    “¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición?” No preguntan por el amor, ni por la vida, ni por las personas. Preguntan por la forma correcta, por el procedimiento, por lo que tranquiliza la conciencia.

    Jesús no discute la higiene ni se queda en la superficie. Va al fondo: el problema no son las manos, el problema es el lugar del corazón. Por eso cita a Isaías y deja ver lo que no siempre queremos mirar: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. No dice que no recen o que no cumplan; dice algo más delicado: el corazón ya no está implicado.

    La fe puede seguir funcionando sin tocar lo profundo. Las palabras están, pero el corazón aprendió a protegerse. Y esto no pasa de golpe: pasa de a poco. Seguimos haciendo lo que corresponde, pero ya no nos dejamos afectar. Seguimos practicando, pero cuidando que no nos exija demasiado. Honramos con los labios mientras el corazón se acomoda para no complicarse, para no desgastarse, para no volver a perder.

    Jesús baja a un ejemplo concreto: el corbán. Una ofrenda religiosa, algo legítimo, permitido, que en apariencia honra a Dios, pero que en la práctica sirve para no ayudar al padre o a la madre. Todo en regla, todo justificado… todo, menos el amor. Y Jesús es claro: cuando lo religioso se usa para evitar amar, algo esencial se ha perdido.

    Aquí no se trata de mandamientos fríos, sino de conciencia. Y la conciencia puede ser un lugar vivo donde Dios habla, o un lugar cómodo donde nos tranquilizamos. Puede ser espacio de discernimiento… o de justificación. Puede ser un lugar donde nos dejamos cuestionar… o donde aprendemos a decirnos: “Estoy bien así”.

    Y hay una diferencia decisiva para la vida diaria: tranquilizar la conciencia no es lo mismo que convertirla. Una conciencia tranquila no siempre es una conciencia despierta. A veces es una conciencia cansada, resignada, o una conciencia que aprendió a no mirar demasiado.

    Nos escuchamos diciendo: “No me alcanza el tiempo”, “Ya hice bastante”, “No puedo con todo”, “No está en mis manos”, “Siempre fue así”. Muchas veces es verdad, y Jesús no niega el cansancio ni desconoce la fragilidad. Pero también sabe que, a veces, esas frases se vuelven un escudo: no para descansar, sino para no implicarnos más.

    No porque seamos malos, sino porque amar de verdad siempre cuesta. Desinstala. Pide algo. Jesús no niega el cansancio; niega la excusa que apaga el amor. Por eso dice con claridad: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a tradiciones humanas”. No porque la tradición sea mala, sino porque puede volverse refugio: un lugar seguro donde cumplir sin arriesgar el corazón.

    Este Evangelio no nos acusa: nos despierta. Nos invita a mirarnos con verdad, sin miedo y sin autoengaño: ¿dónde honramos a Dios con palabras pero evitamos comprometernos más? ¿en qué relación concreta, en qué decisión diaria, en qué herida ajena podríamos dar un paso y no lo damos?

    Jesús no quiere robarnos la paz; quiere devolverle profundidad. Una conciencia viva no siempre está tranquila, pero sí está en camino. Y Jesús viene a eso: a volver a involucrar el corazón, no para exigir más, sino para amar mejor.

    Este Evangelio no termina en reproche, sino en posibilidad. Porque mientras la conciencia todavía se pregunta, mientras algo incomoda por dentro, mientras no todo está cerrado, Dios sigue trabajando. Y eso —incluso cuando duele un poco— ya es gracia.

    Oración

    Señor Jesús, hoy escuchamos una palabra que no condena, pero despierta. No queremos honrarte solo con los labios mientras el corazón se protege y se acomoda.

    Venimos con una conciencia a veces cansada, a veces herida, a veces demasiado tranquila. Devuélvenos un corazón implicado, capaz de amar en lo concreto y de dejarse incomodar por la vida del otro.

    Que la fe no sea refugio, sino camino. Que la tradición no apague el amor, sino que lo sostenga. Y si hoy algo se mueve por dentro, si algo nos incomoda con suavidad, danos la valentía de no callarlo.

    Porque donde el corazón vuelve a implicarse, ahí Tú ya estás obrando.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo, Pbro. David García

  • LUNES V SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    LUNES V SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    9 de febrero. Lunes Feria

    Del santo Evangelio según san Marcos: 6, 53-56

    En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron el lago y llegaron a Genesaret. Al desembarcar, la gente lo reconoció inmediatamente. Se pusieron a recorrer toda aquella región y comenzaron a llevar a los enfermos en camillas a dondequiera que oían decir que él estaba.

    En cualquier pueblo o ciudad o campo donde entraba, colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que lo tocaban quedaban curados.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

    HOMILÍA

    «La gente lo reconoció inmediatamente…»

    Jesús llega a Genesaret. No llega a un templo ni a un lugar preparado: llega a la orilla. Ese borde donde la vida es tal cual —manos con sal, ojos con sueño, gente que viene de trabajar y todavía tiene que seguir—. La orilla es donde amarramos la barca y también donde amarramos el día: lo que salió bien, lo que salió mal, lo que pesa, lo que no sabemos resolver.

    Y apenas desembarca, pasa algo decisivo: la gente lo reconoce. No porque tengan todas las respuestas ni una fe perfectamente ordenada, sino porque la esperanza tiene memoria. Hay encuentros que dejan marca. Una presencia verdadera se reconoce como se reconoce un hogar: no por teoría, sino por alivio.

    Reconocer a Jesús no es un acto intelectual: es un movimiento del corazón. Ese “es Él” que nace cuando algo profundo se despierta. Y hay un detalle que nos salva: Jesús no solo está ahí para que lo vean; Él también llega reconociendo. Reconoce rostros apurados, miradas cansadas, cuerpos que ya no pueden más. Reconoce a los que llegan por sí mismos y a los que llegan cargados por otros. Nos reconoce a nosotros tal como estamos hoy.

    Lo reconocen porque lo necesitan. Porque el dolor no espera. Porque la vida, a veces, se vuelve demasiado pesada para cargarla solos. Entonces ocurre algo profundamente humano: empiezan a llevar a los enfermos. No vienen solos; los traen otros. El Evangelio no romantiza la fe: la muestra como es. Muchas veces la fe empieza siendo prestada.

    Los traen en brazos, en paciencia, en noches en vela, en el silencio de quien no sabe qué decir pero sigue estando. Nosotros conocemos esas camillas: son de tiempo, de trámites, de cuidados repetidos. Son la camilla del que ama sin garantías. Un padre que no sabe cómo ayudar pero no se va. Una madre que sigue de pie en medio del dolor. Un amigo que escucha siempre la misma herida. Eso también es Evangelio.

    Jesús ve todo eso. Ve al que sufre y ve al que carga. La gente no organiza nada: simplemente lleva la vida herida allí donde está Jesús. Y Él no se ofende ni pone condiciones. El texto dice: “En cualquier pueblo, ciudad o campo…”. No hay lugares excluidos ni historias demasiado rotas. Dios se deja encontrar en lo ordinario, en el lugar donde vivimos de verdad.

    Los enfermos son puestos en las plazas, el lugar de todos. El dolor no se esconde: se pone en medio. Y la gente no pide discursos ni explicaciones; pide algo mínimo: “que nos deje tocar siquiera el borde de su manto”. No piden controlar: piden agarrarse. No piden un plan completo: piden contacto.

    Tocar el manto es decir sin palabras: no puedo más, pero confío; no entiendo todo, pero me acerco. Jesús no sana a distancia: se deja tocar. Se deja alcanzar por manos temblorosas y fe frágil. A veces no tenemos palabras; solo podemos acercarnos como podemos. Y eso ya es fe.

    El texto termina con una frase inmensa: “Y todos los que lo tocaban quedaban curados.” No dice los perfectos, ni los que sabían rezar bien: dice los que lo tocaban. El Evangelio no promete una vida sin dolor, pero sí promete algo esencial: Jesús no se deja tocar en vano. Tal vez no siempre sane como esperamos, pero siempre devuelve dignidad, cercanía y humanidad.

    Esta Palabra nos alcanza hoy a los que necesitan ser llevados porque ya no pueden solos, y a los que están cargando a otros aunque estén cansados. A unos y a otros Jesús nos ve. Y si Él nos ve, nuestra vida no es invisible. El cuidado no es perdido. La pequeña fidelidad de cada día es terreno santo.

    Tal vez hoy no podamos hacer grandes gestos. Tal vez solo podamos acercarnos un poco y poner la vida herida en la plaza, sin esconderla. Eso basta. Porque donde Jesús está, la vida —de algún modo— encuentra alivio.

    Oración

    Señor Jesús, hoy nos reconocemos en esa gente que corre a buscarte, no porque lo tenga todo claro, sino porque te necesita. Gracias porque nos ves llegar antes de que sepamos decir nada.

    Venimos con nuestras heridas y con las heridas de quienes amamos. A veces somos los enfermos en la camilla; a veces los que cargan. Y muchas veces estamos cansados en ambos lugares. Gracias porque no pides explicaciones y te dejas tocar en lo pequeño y en lo frágil.

    Hoy queremos acercarnos como podamos. No dejar solos a los que no pueden más. Saber cargar sin endurecernos. Saber pedir ayuda sin vergüenza. Poner la vida herida delante de Ti sin maquillarla.

    Y cuando no podamos decir mucho, déjanos tocarte, aunque sea el borde de tu manto. Porque sabemos que, cuando nos miras y te dejamos entrar, algo en nosotros empieza a sanar.

    Amén.

    Atte, Tú Hermano en Cristo,

    Pbro. David García

  • V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

    Domingo, 8 de febrero 2026

    Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 13-16

    Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 13-16

    En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

    “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para  nada, sino para ser tirada fuera y pisoteada por la gente.

    Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte. No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino para ponerla en el candelero, y así alumbre a todos los de la casa.

    Así debe brillar su luz ante los hombres, para que, viendo sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos”.

    Palabra del Señor.

    R. Gloria a ti, Señor Jesús.

     

    HOMILIA:

    «Ustedes son…»

    Jesús no dice: “Deberían ser”. No dice: “Algún día serán”. No dice: “Cuando estén listos, cuando mejoren, cuando cambien, cuando se ordenen un poco más…”.

    Dice, sencillamente: “Ustedes son”.

    Y eso lo cambia todo.

    Porque Jesús no está hablando a un ideal lejano, no está señalando una meta imposible, no está esperando una versión mejorada de nosotros.

    Está mirando lo que ya existe. Está reconociendo una realidad viva. Está poniendo palabras donde quizá nosotros solo vemos rutina.

    Jesús está mirando a personas concretas. A gente real. A nosotros.

    A hombres y mujeres con la vida en marcha, con historias que siguen escribiéndose, con días luminosos y con días exigentes, con decisiones tomadas a fuerza de amor, con fidelidades silenciosas que no salen en ninguna foto.

    Se lo dice a quienes trabajan y sostienen. A quienes llegan a casa y siguen dando. A quienes cuidan sin aplausos. A quienes acompañan procesos largos. A quienes siguen eligiendo amar, incluso cuando cuesta.

    No solo ve el cansancio. Ve todo lo que ese cansancio ya está sosteniendo.

    Ve mesas que siguen teniendo pan. Ve casas que no se derrumban. Ve personas que no se rinden. Ve gestos pequeños que mantienen viva la esperanza de otros.

    Por eso puede decir, con verdad y con ternura: Ustedes son.

    Jesús no empieza exigiendo. Empieza confirmando.

    Y eso es profundamente evangélico.

    Porque muchas veces nosotros vivimos al revés: pensamos que primero hay que estar a la altura, primero ordenar la vida, primero resolver los problemas, primero tener una fe más firme, primero dejar de dudar, primero cambiar… y recién después Dios podrá contar con nosotros.

    Jesús rompe ese esquema desde la raíz.

    No espera a que estemos listos. Nos habla desde lo que ya somos, aunque nosotros todavía no sepamos nombrarlo del todo, aunque a veces no sepamos verlo, aunque no siempre sintamos su valor.

    Por eso dice: “Ustedes son la sal de la tierra”.

    En la vida cotidiana, la sal no se ve. No se luce. No ocupa el centro de la mesa. No recibe aplausos.

    Pero sin ella, nada tiene gusto.

    La sal no llama la atención, pero transforma todo lo que toca. No hace ruido, pero evita que lo bueno se pierda. Se gasta para que otros disfruten. Se disuelve para que algo tenga sabor.

    En la Biblia, la sal está ligada a la alianza, a lo que preserva, a lo que mantiene vivo lo esencial.

    No es una imagen romántica. Es una imagen profundamente real.

    Y ahí el Evangelio no nos acusa: nos reconoce.

    Porque muchos de nosotros ya estamos siendo sal, aunque no lo digamos así, aunque no lo sintamos espectacular.

    Somos sal cuando:

    – seguimos cuidando lo que podría romperse,

    – sostenemos lo que no da prestigio,

    – elegimos lo correcto cuando nadie mira,

    – permanecemos cuando sería más fácil irnos.

    La madre que cocina todos los días y logra que la casa siga siendo hogar.

    El padre que vuelve cansado y aun así se sienta a escuchar.

    El hijo que acompaña una fragilidad ajena y no abandona.

    La pareja que atraviesa etapas difíciles y sigue apostando.

    El trabajador que actúa con honestidad aunque no lo premien.

    El creyente que persevera aunque no sienta nada especial.

    Eso ya es Reino actuando. Eso ya está dando sabor al mundo.

    Eso es sal.

    No lo espectacular. Lo fiel. Lo que sostiene la vida desde adentro.

    Pero Jesús, que nos ama de verdad, también cuida lo que somos.

    Por eso advierte con cariño: “Si la sal se vuelve insípida…”

    No como amenaza. Como protección.

    Porque la sal no pierde sabor de golpe. Lo pierde despacio, cuando se vive solo por obligación, cuando todo se vuelve peso, cuando el sentido se diluye, cuando seguimos haciendo el bien pero dejamos de creer que importa.

    Jesús no nos reprocha. Nos dice: no pierdan lo que ya son.

    Y sin cambiar el tono, sin elevar la voz, continúa: “Ustedes son la luz del mundo”.

    No dice: algunos.

    No dice: los mejores.

    No dice: los que tienen más tiempo o más fuerza.

    Dice: ustedes.

    La luz no discute con la oscuridad. No la empuja. No la humilla.

    Simplemente alumbra. Y alumbra donde está.

    Una lámpara no ilumina una ciudad entera. Ilumina una casa. Una mesa. Un rostro. Un camino corto pero real.

    En el Evangelio, la luz no es la del escenario. Es la del hogar. La que permite ver al otro. La que evita tropezar. La que acompaña una noche difícil.

    Ser luz no es brillar fuerte. Es estar.

    Estar cuando alguien necesita una palabra justa. Estar cuando hace falta silencio. Estar cuando alguien se equivoca. Estar cuando el cansancio pesa. Y muchas veces ya lo estamos haciendo. Más de lo que creemos.

    Jesús sabe que a veces queremos esconder esa luz. No por maldad, sino por desgaste, por miedo a exponernos, por la sensación de que “no sirve de mucho”.

    Pero Jesús insiste: lo que ya eres importa.

    Y entonces ordena todo con una frase clara: “Así debe brillar su luz ante los hombres, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre”.

    La luz cristiana no apunta a uno mismo. Apunta a Dios.

    Cuando una vida es vivida con verdad, cuando alguien ama sin ruido, cuando alguien perdona, cuando alguien cuida, cuando alguien sostiene… algo se enciende en los otros.

    Y eso —dice Jesús— ya es Reino.

    Tal vez no cambiemos el mundo entero. Pero sí cambiamos ambientes. Relaciones. Historias concretas.

    Ser sal.

    Ser luz.

    No como una carga más, sino como una verdad ya sembrada.

    Porque Jesús no nos está pidiendo fabricar algo nuevo. Nos está invitando a creer en lo que ya puso en nosotros y a vivirlo con más conciencia, más libertad, más verdad.

    Y entonces aparece una pregunta honesta y liberadora: ¿Dónde ya estamos dando sabor, aunque no lo notemos? ¿Dónde ya estamos alumbrando, aunque nadie aplauda? ¿En qué parte de nuestra vida podemos pasar de sobrevivir… a dar vida con más intención?

    La buena noticia es que la sal recupera su fuerza cuando vuelve al contacto. Que la luz vuelve a brillar cuando se la saca del escondite.

    Y eso no se logra de golpe. Se logra volviendo a lo pequeño. A lo real. A lo cotidiano.

    Ahí donde vivimos.

    Y entonces, como siempre, la Palabra se vuelve oración.

    Oración

    Señor Jesús,

    hoy nos miras no desde lo que nos falta, sino desde lo que ya somos. Y eso nos devuelve la vida.

    Gracias por todo el bien que ya está ocurriendo a través de nuestras manos, nuestras decisiones, nuestra fidelidad cotidiana.

    Recuérdanos, cuando el cansancio aprieta, que ya estamos siendo sal, que ya estamos siendo luz, aunque no siempre lo veamos.

    Cuida en nosotros el sabor. Protege la luz. Enséñanos a vivir lo que somos con más verdad, más libertad, más alegría.

    Y si hoy solo podemos alumbrar un rincón, si hoy apenas podemos salar un plato, que sepamos que eso basta para que tu Reino siga creciendo.

    Amén.

    Atte: Pbro. David García

  • Aquí Comenzamos a Caminar Juntos

    Este espacio nace como un lugar para detenernos. Para escuchar la Palabra sin prisa y dejar que ilumine la vida real, tal como es.

    Aquí compartimos el Evangelio encarnado en la historia cotidiana: en lo que vivimos, en lo que duele, en lo que agradecemos y en lo que seguimos aprendiendo a confiar.

    No es un sitio para tener respuestas rápidas, sino para caminar con más verdad, con más silencio y con más esperanza.

    Si llegaste hasta aquí, eres bienvenido. Caminamos juntos, con sencillez y confianza, dejando que Dios vaya escribiendo su Palabra en nuestra historia.