La Palabra en Nuestra Historia

MIÉRCOLES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

11 de febrero 2026

NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Memoria

Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 14-23

En aquel tiempo, Jesús llamó de nuevo a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”.

Cuando entró en una casa para alejarse de la muchedumbre, los discípulos le preguntaron qué quería decir aquella parábola. Él les dijo: “¿Ustedes también son incapaces de comprender? ¿No entienden que nada de lo que entra en el hombre desde afuera puede contaminarlo, porque no entra en su corazón, sino en el vientre y después sale del cuerpo?”. Con estas palabras declaraba limpios todos los alimentos.

Luego agregó: “Lo que sí mancha al hombre es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

Palabra del Señor.

R. Gloria a ti, Señor Jesús.

HOMILÍA

«Lo que sale de dentro es lo que mancha al hombre»

Jesús dice esta frase en un momento muy concreto. No está discutiendo con gente lejana ni hablando con personas sin fe. Está hablando con gente que escucha, que practica, que quiere entender cómo vivir bien. Sin necesidad de forzar nada, nos habla a nosotros.

Jesús reúne a la gente y dice algo que descoloca, porque no va por donde solemos mirar: “Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro”. Nosotros estamos acostumbrados a vigilar lo que entra: palabras, influencias, peligros externos. Cuidamos lo que comemos, lo que miramos, lo que dejamos pasar. Y no está mal. Pero Jesús corre el eje.

No niega que lo externo influya. Dice algo más hondo, más incómodo y al mismo tiempo más liberador: el verdadero campo de batalla no está fuera, está dentro. Y ahí comienza un Evangelio que no acusa, pero tampoco nos deja tranquilos, porque mirar hacia dentro requiere valentía y nadie puede hacerlo por nosotros.

Cuando Jesús habla del corazón, no habla solo de sentimientos. En la Biblia, el corazón es el centro de la persona: el lugar de las decisiones profundas, donde se gestan las intenciones, donde se mezclan deseos, miedos, heridas y cansancios. Ahí se forma lo que después aparece en gestos, palabras y silencios. Cuando Jesús dice “lo que sale del corazón”, habla de lo que dejamos crecer dentro sin revisarlo.

No se refiere solo a grandes pecados. Habla de procesos interiores, dinámicas pequeñas, cosas que parecen normales o justificables pero que, si no se miran, terminan gobernando la vida. Y esto toca de lleno nuestra experiencia cotidiana.

Muchos no vivimos haciendo el mal deliberadamente; vivimos cansados, exigidos, con días que no dan tregua. Y desde ese cansancio empiezan a salir cosas. No porque seamos malos, sino porque algo por dentro está saturado. Empieza a salir la irritación constante, la dureza en el trato, la ironía que hiere, el juicio rápido, la indiferencia frente al dolor ajeno.

Empieza a salir la desconfianza, el encerrarnos, el “ya no me importa”, el vivir a la defensiva como si amar siempre implicara perder. Y muchas veces no lo notamos, porque seguimos funcionando. Pero el corazón se va endureciendo lentamente.

Jesús enumera estas cosas no para asustar, sino para despertar. Porque lo que no se nombra gobierna, y lo que se mira con verdad puede sanarse. El Evangelio aclara algo decisivo: cuando Jesús dice que nada externo mancha al hombre, declara limpios todos los alimentos. Es una ruptura profunda. Durante siglos se creyó que agradar a Dios pasaba por evitar impurezas rituales. Jesús dice: Dios mira el corazón. Eso cambia todo.

La fe deja de ser una lista de controles y se vuelve un camino de verdad interior. Ya no se trata de tranquilizar la conciencia, sino de convertirla. Y esto baja directo a la vida concreta: podemos cuidar las formas y descuidar el trato, defender principios y perder ternura, tener razón y lastimar, cumplir con todo y dejar de amar bien.

Pasa en casa, en el trabajo, en la pareja, en la comunidad, en la Iglesia. Cuando el cansancio se vuelve enojo, dureza, resentimiento silencioso. Nada de eso nos hace malas personas. Nos hace personas que necesitan que el corazón sea cuidado.

Jesús no dice: “controlen mejor”. Dice algo más humano: miren qué está saliendo de ustedes. Porque lo que sale habla de lo que pasa dentro. Y aquí aparece una esperanza enorme: si lo que sale puede manchar, también puede sanar.

Del mismo corazón pueden salir paciencia, compasión, la palabra justa, el gesto que repara, la decisión de pedir perdón, el volver a empezar. El corazón no es solo fuente de mal; es fuente de vida. Jesús no viene a condenarlo: viene a recuperarlo.

No es casual que este Evangelio se escuche en la memoria de Lourdes. Allí, María invita a volver a lo simple: a la verdad, a la oración sincera, a la conversión del corazón. Lourdes es un lugar donde la gente se anima a tocar su herida y ponerla delante de Dios sin maquillaje. Eso es lo que Jesús hace hoy con nosotros.

Nos llama aparte y nos explica con paciencia: no todo lo que duele viene de fuera; hay cosas que necesitan sanarse desde dentro. La pregunta que queda no acusa, acompaña: ¿qué está saliendo de nuestro corazón últimamente? No para juzgarnos, sino para cuidarnos.

¿Qué tono usamos con los que amamos? ¿Qué palabras repetimos cuando estamos cansados? ¿Qué durezas justificamos? Porque ahí, justamente ahí, Dios quiere trabajar. Y eso es esperanza. No estamos atrapados en lo que somos hoy. El corazón puede transformarse, lentamente, pero de verdad.

Esta Palabra no pide gestos espectaculares. Pide uno muy real: escuchar lo que está saliendo de nosotros esta semana y llevarlo a la oración. No para castigarnos, sino para sanar. Porque cuando el corazón se deja mirar, Dios ya está obrando.

Oración

Señor Jesús, hoy no nos miras desde fuera; nos miras por dentro. No para condenar lo que somos, sino para cuidar lo que está brotando de nuestro corazón.

Sabemos que muchas veces no sale lo mejor: sale el cansancio, la dureza, el miedo, la bronca acumulada. No porque no queramos amar, sino porque estamos agotados.

Ven a nuestro corazón. Enséñanos a mirarlo contigo, a escuchar lo que está saliendo, a dejarnos sanar desde dentro. Que de nosotros vuelva a salir vida: palabras que cuidan, gestos que reparan, decisiones que construyen.

Y aunque el camino sea lento, que sepamos que Tú sigues obrando. Porque cuando el corazón se abre, aunque sea un poco, tu Reino ya empieza a crecer.

Amén.

Atte, Tú Hermano en Cristo,

Pbro. David García