La Palabra en Nuestra Historia

MARTES V DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

10 de febrero 2026

SANTA ESCOLÁSTICA, virgen

Memoria

Del santo Evangelio según san Marcos: 7, 1-13

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, lo criticaron. (Los fariseos y los judíos en general no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; y al volver del mercado no comen sin haberse lavado antes. Y observan muchas otras tradiciones, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Entonces los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de nuestros mayores y comen con las manos impuras?” Él les respondió: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos! Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

Y añadió: “De veras que son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte. Pero ustedes dicen: Si uno dice a su padre o a su madre: ‘Todo aquello con que yo podría ayudarte es corbán’ (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede ayudar a su padre o a su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”.

Palabra del Señor.

R. Gloria a ti, Señor Jesús.

HOMILÍA

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí»

Jesús no dice esta frase a gente alejada. No se la dice a paganos ni a indiferentes. Se la dice a personas religiosas, practicantes, que se esfuerzan por hacer las cosas bien, que conocen normas, tradiciones y gestos correctos. Por eso este Evangelio es incómodo y, al mismo tiempo, tan cercano.

No habla de ausencia de fe; habla de una fe que sigue en pie, pero con el corazón cada vez más lejos. No habla de dejar de creer, sino de creer sin involucrarse demasiado. No habla de romper con Dios, sino de mantenerlo a distancia para que no desordene la vida.

Se acercan a Jesús fariseos y escribas. No vienen a aprender; vienen a observar. Vienen con la regla en la mano, con la conciencia tranquila, convencidos de que sabrán detectar si algo no está como debería. Y lo que ven no es un escándalo: ven algo mínimo, manos sin lavar. Un detalle pequeño, pero suficiente para activar la crítica y reafirmarse por dentro: “Nosotros sí hacemos lo correcto”.

“¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición?” No preguntan por el amor, ni por la vida, ni por las personas. Preguntan por la forma correcta, por el procedimiento, por lo que tranquiliza la conciencia.

Jesús no discute la higiene ni se queda en la superficie. Va al fondo: el problema no son las manos, el problema es el lugar del corazón. Por eso cita a Isaías y deja ver lo que no siempre queremos mirar: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. No dice que no recen o que no cumplan; dice algo más delicado: el corazón ya no está implicado.

La fe puede seguir funcionando sin tocar lo profundo. Las palabras están, pero el corazón aprendió a protegerse. Y esto no pasa de golpe: pasa de a poco. Seguimos haciendo lo que corresponde, pero ya no nos dejamos afectar. Seguimos practicando, pero cuidando que no nos exija demasiado. Honramos con los labios mientras el corazón se acomoda para no complicarse, para no desgastarse, para no volver a perder.

Jesús baja a un ejemplo concreto: el corbán. Una ofrenda religiosa, algo legítimo, permitido, que en apariencia honra a Dios, pero que en la práctica sirve para no ayudar al padre o a la madre. Todo en regla, todo justificado… todo, menos el amor. Y Jesús es claro: cuando lo religioso se usa para evitar amar, algo esencial se ha perdido.

Aquí no se trata de mandamientos fríos, sino de conciencia. Y la conciencia puede ser un lugar vivo donde Dios habla, o un lugar cómodo donde nos tranquilizamos. Puede ser espacio de discernimiento… o de justificación. Puede ser un lugar donde nos dejamos cuestionar… o donde aprendemos a decirnos: “Estoy bien así”.

Y hay una diferencia decisiva para la vida diaria: tranquilizar la conciencia no es lo mismo que convertirla. Una conciencia tranquila no siempre es una conciencia despierta. A veces es una conciencia cansada, resignada, o una conciencia que aprendió a no mirar demasiado.

Nos escuchamos diciendo: “No me alcanza el tiempo”, “Ya hice bastante”, “No puedo con todo”, “No está en mis manos”, “Siempre fue así”. Muchas veces es verdad, y Jesús no niega el cansancio ni desconoce la fragilidad. Pero también sabe que, a veces, esas frases se vuelven un escudo: no para descansar, sino para no implicarnos más.

No porque seamos malos, sino porque amar de verdad siempre cuesta. Desinstala. Pide algo. Jesús no niega el cansancio; niega la excusa que apaga el amor. Por eso dice con claridad: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a tradiciones humanas”. No porque la tradición sea mala, sino porque puede volverse refugio: un lugar seguro donde cumplir sin arriesgar el corazón.

Este Evangelio no nos acusa: nos despierta. Nos invita a mirarnos con verdad, sin miedo y sin autoengaño: ¿dónde honramos a Dios con palabras pero evitamos comprometernos más? ¿en qué relación concreta, en qué decisión diaria, en qué herida ajena podríamos dar un paso y no lo damos?

Jesús no quiere robarnos la paz; quiere devolverle profundidad. Una conciencia viva no siempre está tranquila, pero sí está en camino. Y Jesús viene a eso: a volver a involucrar el corazón, no para exigir más, sino para amar mejor.

Este Evangelio no termina en reproche, sino en posibilidad. Porque mientras la conciencia todavía se pregunta, mientras algo incomoda por dentro, mientras no todo está cerrado, Dios sigue trabajando. Y eso —incluso cuando duele un poco— ya es gracia.

Oración

Señor Jesús, hoy escuchamos una palabra que no condena, pero despierta. No queremos honrarte solo con los labios mientras el corazón se protege y se acomoda.

Venimos con una conciencia a veces cansada, a veces herida, a veces demasiado tranquila. Devuélvenos un corazón implicado, capaz de amar en lo concreto y de dejarse incomodar por la vida del otro.

Que la fe no sea refugio, sino camino. Que la tradición no apague el amor, sino que lo sostenga. Y si hoy algo se mueve por dentro, si algo nos incomoda con suavidad, danos la valentía de no callarlo.

Porque donde el corazón vuelve a implicarse, ahí Tú ya estás obrando.

Amén.

Atte, Tú Hermano en Cristo, Pbro. David García